DANZA | Crítica Un paso a tres entre Rosas, Ligeti e Ysaÿe

Las bailarinas coquetean con el arquetipo de la mujer ejecutiva. Las bailarinas coquetean con el arquetipo de la mujer ejecutiva.

Las bailarinas coquetean con el arquetipo de la mujer ejecutiva. / Anne Van Aerschot

Como sucede con la pintura y otras artes, es fantástico poder observar la evolución de un artista maduro como Anne Teresa de Keersmaeker, con más de 50 piezas coreografiadas desde que, en 1983, fundara su Compañía Rosas e irrumpiera en la escena internacional con Rosas danst Rosas.

En su largo camino, la creadora flamenca ha tocado muchas cuerdas, incluida la del llamado teatro danza (no olvidemos que Pina Bausch triunfaba ya por todo el mundo) pero su lenguaje se fue afirmando en torno a dos elementos fundamentales: la música y la geometría.

Sus espectáculos parten siempre del corazón de las partituras elegidas, constituyendo lo que muchos han definido como conciertos danzados de modo que su disfrute depende en buena medida de la afición del público por cada uno de los compositores.

El viernes tuvimos la oportunidad de ver en el Central una reposición de Achterlad, pieza estrenada en 1990 en la ópera de La Moneda de Bruselas, donde la compañía tenía su residencia. En ella, tres bailarines –por primera vez aparecían hombres en una compañía hasta ese momento femenina- y cinco bailarinas, en un amplio suelo de madera clara, establecían un diálogo con el espacio, con la luz y con la música de dos compositores: el rumano Ligeti (fallecido en 2006) y el violinista belga, fallecido en 1931, Eugène Ysaÿe.

Así, con un pianista y un violinista incorporados en la escena, se desarrolla un largo y exquisito trabajo en que vemos cómo las bailarinas, a veces con trajes de ejecutivas y zapatos de tacón, a veces en camisa, han evolucionado desde aquella violencia de amazonas minimalistas de Rosas danst Rosas. Tras los cinco solos femeninos de Stella (también de 1990), ahora hay sitio para la expresividad, casi para la coquetería, para los juegos infantiles cuyas palmadas –en su cuerpo o en el suelo- complementan con sus respiraciones los estudios pianísticos de Ligeti. La danza de los chicos, ignorados aparentemente por las mujeres, siguen las complejas variaciones de las sonatas de Ysaÿe con una energía inocente y arrolladora. Todos, sin embargo, con una altísima y brillante calidad de movimiento, centran su danza en el suelo: caídas y más caídas para volver a resurgir con una vitalidad impresionante. Y, por supuesto, con esa geometría tan invisible como exacta (marca de la casa Rosas) que luego veríamos en el Drumming de Steve Reich y en tantas otras obras posteriores.

Al final, hombres y mujeres visten ropas de colores vivos y se unen -incluso se tocan- para entregarse juntos a una danza liberadora y gozosa que presagia ya aquel inolvidable Mozart/Concert Arias que dos años más tarde, durante la Expo92, dio origen al amor incondicional de muchos aficionados sevillanos por Anne Teresa de Keersmaeker.

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