BIENAL DE FLAMENCO | Opinión

Seguir bailando

  • El flamenco atesora en el baile de mujer las dosis más altas de audacia en esta edición y un sentido de la libertad que el Covid ha robado al resto de los mortales

Ana Morales en el estreno de 'En la cuerda floja'. Ana Morales en el estreno de 'En la cuerda floja'.

Ana Morales en el estreno de 'En la cuerda floja'. / Juan Carlos Muñoz

Enfila esta Bienal de mascarillas sus últimos días y presiento, después de ver un puñado de espectáculos y de leer las fantásticas piezas firmadas por las compañeras Rosalía Gómez y Sara Arguijo, que es en el baile, y sin duda en sus mujeres, donde el flamenco atesora las dosis más altas de audacia y de cuestionamiento de esta realidad que vivimos. No hay una forma más plástica y visible que esta disciplina artística de ir en contra de esta parálisis vital a la que nos abocan nuestros políticos como consecuencia, ya saben, de la errática gestión de la pandemia, la absoluta falta de entendimiento, el empeño en priorizar el tacticismo sobre el bien común o de hacer de la polarización una estrategia de precampaña electoral. Frente a este obligado vivir a distancia al que nos hemos resignado, con la cautela de quien evita el roce para prevenir males mayores, sólo cabe la fantasía y la ensoñación como vía de escape. Y ésa es hoy más que nunca la razón fundamental del arte y de manera muy especial, queremos defender aquí, de la danza flamenca. Rocío Molina, María Moreno, Lucía la Piñona, Mercedes de Córdoba… representan, cada una con un lenguaje distinto, un sentido de la libertad -al menos sobre el escenario- que al resto de los mortales nos ha robado el Covid sin que podamos vislumbrar con certeza hasta cuándo.

Ese estado de incertidumbre, de duda, es la base sobre la que se sostiene En la cuerda floja, el espectáculo que anoche presentó Ana Morales en el Teatro Central. "Es el estado actual en el que vivimos y en el que me encuentro", confesaba el domingo en estas mismas páginas. Aunque tampoco deberíamos caer en el catastrofismo. Nadie sabe qué va ocurrir mañana, pero tampoco podemos afirmar que saber tal cosa conviene. Vicente Escudero detestaba, por ejemplo, ese querer adelantar acontecimientos sobre el escenario. "El que baile sabiendo anticipadamente lo que va a hacer está más muerto que vivo", sentenciaba. Tomando por más que acertadas las palabras del maestro de Valladolid, en estas circunstancias sólo cabe vivir sin pensar demasiado. Y seguir bailando. 

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