Crítica de Flamenco

Síntoma de normalización

Rosario 'La Tremendita'. Rosario 'La Tremendita'.

Rosario 'La Tremendita'. / M. G.

Ya resultan muy cansinos los que juzgan, los que piden explicaciones. ¿De dónde creen que les viene la autoridad para enjuiciar? La Tremendita se sitúa en la escena, en el flamenco actual, con bota firme. Enfundada en cuero y lentejuelas. Delirium tremens es una obra mayor del flamenco contemporáneo, del flamenco. De la música actual. Por sus valores intrínsecos: después de este turbión emocional somos mejores, más altos, aún más guapos. Pero también por lo que significa en la historia de lo jondo. Un síntoma de normalización, uno más. Hacia lo que siempre fue el flamenco, antes de la larga noche del franquismo en la que algunos aún pretenden sepultarlo: una música popular que dialoga con las cuitas y los placeres que le rodean. Un arte de su tiempo. La Tremendita se sitúa en escena con naturalidad y nos habla de lo que le duele, de aquello con lo que goza. Y nosotros lo que queremos es marcha.

La puesta en escena en Sevilla de Delirium tremens fue salvaje, visceral. Algo ruda. Y al mismo tiempo refinada, pulida hasta el extremo. Luz y tinieblas a partes iguales. Desde su plasmación discográfica de hace unos meses hasta hoy ha sufrido notables trasformaciones y alguna que otra incorporación como el polo que apenas rescata de los tanguillos originales el estribillo. Una pieza poderosa que ilumina el recital junto a la soleá de Triana o los fandangos, otra de las incorporaciones de la noche. De hecho existe en Delirium tremens la voluntad de renovar el repertorio pero dialogando al mismo tiempo con el pasado, como no puede ser de otra manera. ¿Qué arte no lo hace, aunque sea para negarlo? Y anoche en Sevilla sonaron más letras y melodías tradicionales que en el disco.

En este momento tan tonto que nos ha tocado vivir en que los intolerantes de siempre se ponen la máscara, falsa de narices, de lo políticamente correcto, una cantaora, una mujer poderosa como Rosario la Tremenda se posiciona en la escena, en el flamenco contemporáneo, con su bajo eléctrico, sus botas militares y sin dar ni pedir ningún tipo de explicación. A la salida alguien me comentó que no lo entendía. Yo le contesté indignado que cómo pretendía entenderlo sin haber leído a Hegel y la Crítica de la razón pura.

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