Crítica 'La juventud'

Sorrentino deslumbra otra vez y conquista la emoción

la juventud. Drama, Italia-Francia-Gran Bretaña, 2015, 118 min. Dirección y guión: Paolo Sorrentino. Intérpretes: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Jane Fonda y Paul Dano. Fotografía: Luca Bigazzi. Música: David Lang.

Paolo Sorrentino aggiornó La dolce vita de Fellini en La gran belleza, reescritura del clásico felliniano en la que el caos de la Roma berlusconiana de principios del siglo XXI se retrataba al modo que Fellini retrató el de la Roma del milagro económico en 1960. Ahora, más inspirado que obsesionado por la larga sombra de Federico, Sorrentino reescribe Ocho y medio, la obra mayor felliniana justamente considerada una de las diez mejores películas de la historia del cine. Ocho y medio narraba la crisis existencial y creativa de un director de cine que se repone en un balneario en el que cohabitan personajes reales extravagantes con sus recuerdos, sueños y ensueños. La juventud trata de la crisis creativa y existencial de dos ancianos amigos -uno un prestigioso compositor y director de orquesta, el otro un consagrado director de cine- que coinciden en un balneario de los Alpes suizos en el que cohabitan con sus recuerdos y sus sueños las más extravagantes criaturas. El cambio fundamental está marcado por la edad. El director de Ocho y medio está en plena madurez creativa y humana. El cineasta y el compositor de La juventud son ancianos al término de sus carreras. El cineasta está preparando junto a su equipo de guionistas su última obra, obsesionado porque esté a la altura de su prestigio. El apático compositor y director ha perdido hasta la pasión por la música y se niega (como en Ocho y medio Mastroianni se negaba a rodar su siguiente película) a dirigir su obra más popular en un concierto que presidirá la Reina de Inglaterra. Por eso aquí la crisis, más que vital, radica en la carencia de vitalidad, el desgaste de la vejez, el presentimiento de la muerte anunciada por los trompeteros de las limitaciones físicas y mentales que la mucha edad impone.

Todo empieza, como en la película de Fellini, con el sueño del director de cine, seguido de encuentros en los jardines del balneario, la negativa del compositor a abordar un proyecto, el sueño felliniano del encuentro entre el músico y una miss en la plaza de San Marcos de Venecia anegada por el agua alta y la exposición de la galería de tipos extravagantes y decadentes que habitan el balneario: viejas millonarias, un monje budista que levita, un futbolista obseso demasiado parecido a Maradona, una Miss Mundo de desconcertante inteligencia, un matrimonio elegante que nunca habla, un actor atormentado porque tras trabajar con todos los grandes directores se ha hecho famoso interpretando a un robot embutido en un traje que lo hacía irreconocible…

Hay secuencias de la película de Fellini, como la bajada a los baños, que se repiten casi literalmente. Pero no hay imitación, sino inspiración. Y no solo, aunque sí sobre todo, de Ocho y medio sino también, muy especialmente, del Satyricon y de Ginger y Fred. Sorrentino crea su propio mundo a partir del de Fellini y otros directores del exceso visual (Ophüls, Kubrick, Malick, P.T. Anderson) tanto en personajes como decorados, encuadres y amplitud en la mirada con la que contempla ese curioso espectáculo, tan breve, a veces esplendoroso, a veces miserable, que es la vida. En este caso la vida que se va, los recuerdos que se deshacen como humo, las deudas con el pasado que ya nunca podrán pagarse, el paso del tiempo que se hace más perceptible cuanto menos queda.

Sorrentino equivale a desmesura, asombro visual, grotesco finamente elaborado, sátira hiriente, vértigo creativo… Eso hizo de Il divo la mejor caricatura que el cine haya hecho de un político y del poder -digna de Daumier- y eso hizo de La gran belleza un espectáculo trágico, grotesco y deslumbrante. Deslumbrante es una palabra que puede repetirse una y otra vez hablando de Sorrentino. Pero en La juventud, estando todo eso, hay mucho más: emoción. Y expuesta con una profundidad y contención hasta ahora no vistas en este director. Por eso esta película es un paso adelante en su extraordinaria carrera.

En una espectacular lucha entre actores, Michael Caine reina en una de las mejores interpretaciones de su larga carrera, pero no devora del todo a un espléndido Harvey Keitel. Y Caine y Keitel reinan, pero no devoran a una excepcional Rachel Weisz que protagoniza con su monólogo en los baños de barro uno de los mejores y más dramáticamente densos momentos de la película. Y Caine, Keitel y Weisz reinan, desde luego, en la película, pero dejan espacio a unos excelentes Paul Dano y una Jane Fonda a la que le bastan pocos minutos para crear un personaje fabuloso. Cine puro. Belleza pura. Y emoción. No se la pierdan. Este Sorrentino nueve y medio demuestra que el gran Federico tiene heredero.

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