Toreando en plaza extraña toros afeitados
Crítica cine
Destino: Woodstock. EEUU, 2009, comedia musical, 110 min. Dirección: Ang Lee. Intérpretes: Eugene Levy, Demetri Martin, Liev Schreiber, Imelda Staunton. Guión: James Schamus, Elliot Tiber. Cines: Avenida, Nervión Plaza.
Es el año en que Led Zeppelin lanza su primer álbum, Nixon asume la presidencia, los Beatles graban su último disco, Estados Unidos bombardea Camboya, los Who presentan la ópera-rock Tommy, Armstrong pisa la Luna, la familia Manson asesina a Sharon Tate, todo el mundo tararea Gotas de lluvia sobre mi cabeza de Dos hombres y un destino, muere Judy Garland, Cowboy de medianoche gana el Oscar y se denuncia la masacre de My Lai. Es 1969, un año de transición de una década a otra que muchos imaginaron que lo iba a ser de un mundo (una forma de habitarlo) a otro. No fue así y en el salto de los 60 a los 70 la mayor parte del equipaje de sueños, ideales, utopías o rebeldías se perdió. La verdad es que estaba mal amarrado ideológicamente. Una de las cumbres de la década, receptor de energías creativas y vitales acumuladas a lo largo de las dos décadas anteriores -desde los rebeldes sin causa a los hippies, desde el surgimiento del rock&roll a la edad de oro del pop- fue el festival de Woodstock, celebrado entre el 15 y el 18 de agosto, que congregó a más de 500.000 personas, se convirtió en un símbolo de la contracultura y fue un hito histórico musical por la participación, entre otros, de Jimmi Hendrix, Crosby, Stills, Nash & Young, Johnny Winter, Blood, Sweat & Tears, The Band, Joe Cocker, Jefferson Airplaine, The Who, Creedence Clearwater Revival, Grateful Dead, Janis Joplin, Canned Heat, Santana, Joan Baez, Arlo Guthrie o Ravi Shankar.
Que en ese momento la contracultura fuera un negocio muy lucrativo para las más potentes industrias culturales -repásense los sellos para los que grababan los más famosos asistentes al festival- es un dato que ayuda a comprender por qué, fuera del ámbito de la cultura popular de masas, Woodstock -y lo que representaba- quedó en nada. Cinco años más tarde dos periodistas, Carl Bernstein y Bob Woodward, lograron lo que los 500.000 asistentes a Woodstock no pudieron: echar a Nixon de la Casa Blanca. Pero entonces, en 1969, aún se creía que las canciones podían cambiar el mundo. Lo que venía tan bien a quienes no querían que cambiara como a los ejecutivos de las discográficas. Michael Wadleigh realizó un documental sobre el festival, Woodstock, tres días de amor y música, en cuyo montaje intervino junto a Telma Schoonmaker un joven Martin Scorsese; y que ganó un Oscar en 1970, el mismo año en que Patton arrasó en los premios de la Academia y Francis Lai ganó el Oscar a la mejor banda sonora por Love Story: eran años confusos.
Probablemente Scorsese hubiera sido el director ideal para recrear el clima de Woodstock (entre otras cosas por lo bien que se le da el retrato de los entornos dominados por las drogas), pero por suerte o por desgracia la iniciativa ha sido del gran, literario, caligráfico y refinado Ang Lee, ecléctico maestro del melodrama clásico (Sentido y sensibilidad) y moderno (Tormenta de hielo, Brokeback Mountain), de la épica western (Cabalga con el diablo) y oriental (Tigre y dragón), de la superproducción de efectos especiales (Hulk) y la crónica intimista y cotidiana (El banquete de bodas). Es una suerte que Ang Lee cuente su versión de Woodstock porque todo se hace más amable, la droga se convierte en una anécdota, el análisis del fracaso de la contracultura es sustituido por su apología nostálgica y la historia del macroconcierto (frente al que se le nota incómodo) se cuenta a través de la de una familia (cuyas vidas presenta con maestría). Y es una desgracia que lo haya hecho porque poco se refleja en su película de la realidad social, cultural y musical que representó Woodstock. Sólo, junto a la historia familiar, acierta de pleno al recrear la azarosa génesis del evento y las tramas económicas que tras él se movían. En resumen: un maestro toreando en una plaza extraña toros afeitados.
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