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Crítica de Música

Un Turina para Vivaldi

La Historia quiso que Juan Sebastián Bach y Antonio Vivaldi falleciesen, con nueve años de diferencia, el mismo día, un 28 de julio. Dos autores que dejaron sendas obras capitales para la evolución y madurez del violonchelo. Precisamente a la serie de seis sonatas para chelo y continuo del Cura Pelirrojo dedicó su noche del Alcázar el bisnieto de nuestro Joaquín Turina, un consumado especialista en el chelo barroco y curioso buscador de ocultos repertorios, como ha demostrado con su disco con obras de Supriani.

Vivaldi escribe una serie de obras en las que explota en profundidad y con exhaustividad las posibilidades técnicas y expresivas del instrumento, con gran variedad de recursos en materia de ataques y de articulación, así como de saltos interválicos y juegos con dobles y triples cuerdas. De todo ello dio buena cuenta Turina gracias a una impecable técnica de arco y a su sobrada soltura en materia de agilidades en la mano izquierda. Lució abundantes gradaciones en cuanto a la energía de los golpes de arco, optando preferentemente por un fraseo staccato con diversos matices y sacrificando a veces ligeramente (último movimiento de la primera sonata) la afinación en favor de una mayor carga expresiva. Sus versiones estuvieron tachonadas de pequeños detalles en materia de acentuaciones y de juegos con las dinámicas y con el propio tempo, con sutil rubato (tercer tiempo de la sexta sonata) y algunos silencios muy elocuentes, como el introducido en la primera frase de la primera sonata.

Todo ello estuvo secundado y sostenido por Eva del Campo en un continuo rico e imaginativo que enriquecía la armonía y las texturas finales.

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