Yin y yang del cante flamenco
Cante: Pansequito, Aurora Vargas. Guitarra: Antonio Higuero, Diego Amaya. Violín: Bernardo Parrilla. Palmas: Luis Peña, Javier Heredia. Lugar: Teatro Lope de Vega. Fecha: Miércoles, 19 de marzo. Aforo: Media entrada.
Son dos voces muy personales, plenas de color y de armónicos deliciosos. Y también dos formas particulares de hacer el cante. Vargas, además, estaba juguetona anoche, como demostró por tangos y en las dos largas series por bulerías, la primera de ellas dedicada al Eléctrico. Ofreció dos caras de su arte: alegrías y soleá medidas, afinadas, y tangos y bulerías desbocada, dionisiaca, rota, entregada y, como decía más arriba, juguetona. Con todo, fue su soleá lo que más me gustó de ella, con la guitarra de Diego Amaya como única compañía. No me pareció buena idea incluir el acompañamiento del violín y el piano. Creo que mermaron su libertad expresiva, tan necesaria en un arte dionisíaco como el suyo. Por eso, lo mejor de su primera bulería fue su baile, radical, entregado, visceral, único, ya que el cante estuvo fuera de tono todo el tiempo.
Lo que en Vargas es brillante en Panseco es ocre. Lo que en Vargas es pura tierra en Panseco es metal y tiempo, hierro. Ofreció uno de sus recitales sentimentales y medidos: enjundioso en la seguiriya, categórico en la soleá y personal en tarantos y bulerías. En los dos primeros estilos estuvo directo, lejos de falsas solemnidades, y en los segundos entregado a una melodía eterna. Son dos intérpretes únicos, dos formas muy personales de entender el cante y la puesta en escena, y por eso, necesarios.
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