El arte de sobrevivir (y superar) a tu propio mito

Fiesta en la cartuja El Auditorio Rocío Jurado acogió ayer una puesta en escena histórica.

El cantante de Linares celebra sus Bodas de Oro con la música en un espectáculo lleno de sorpresas y de recuerdos

Raphael se emocionó varias ocasiones con la cariñosa acogida que le brindó el público de una ciudad a la que él ama profundamente.
Raphael se emocionó varias ocasiones con la cariñosa acogida que le brindó el público de una ciudad a la que él ama profundamente.
Ricardo Castillejo / Sevilla

27 de septiembre 2009 - 05:00

A las diez en punto se dio el pistoletazo de salida. Con Raphael siempre se sabe cuándo se empieza pero nunca cuándo se acaba y la de ayer era una ocasión tan especial como la de conmemorar sus primeros cincuenta años sobre los escenarios. Por eso, la cosa se prolongó hasta dos horas y cuarenta y cinco minutos después del mencionado inicio donde, al son de Yo soy aquel, se ponía -pues no hay intención alguna de abandonar- punto y seguido al espectáculo.

Entre un momento y otro, la vida misma. Risas, llantos, bailes, romanticismo... Un universo de melodías que, al fin y al cabo, igual que su creador, es nuestro propio universo, ése con el que batallamos cada día y que, en las notas y letras de los temas del de Linares, se nos devuelve como reflejan una imagen los espejos. Esto mismo es lo que sucede con composiciones como Cantares, de Joan Manuel Serrat, la elegida para abrir la cita y que el intérprete valientemente desgranó a capela. De inmediato, se incorporó el magistral sonido del piano y, poco a poco, una gran orquesta que, tanto en número de integrantes como en excelente sonido, hacía honor a la gran fiesta que tenía lugar.

Y es que, insistimos, medio siglo como artista no se celebra con frecuencia. Es más: a lo que ayer se asistió fue a algo de veras excepcional. Por eso no podían faltar desde Ahora a Digan lo que digan, desde Cuando tú no estás a Mi gran noche, desde A mi manera a En carne viva. Todos y cada uno de esos títulos que, poco a poco, han ido jalonando la carrera del que, sin duda alguna, es uno de los mayores mitos de la música española.

Ése del cual las tres pantallas traseras -que se iban moviendo en función del momento- fueron ofreciendo el legado visual a lo largo y ancho de la longeva trayectoria del anfitrión de la velada y favoreciendo tiernos instantes como la perfecta coincidencia de la voz del directo y una grabación en off de un joven Raphael -que "sigue siendo aquel"- en Hablemos del amor. Más tarde, duetos muy celebrados por los asistentes -y posibles gracias al rescate que la técnica ha hecho de sus respectivas protagonistas- como Cómo han pasado los años, con Rocío Dúrcal, o, en los últimos minutos, Como yo te amo, junto a la Jurado. No obstante, para el propio solista -y según su testimonio-, el encuentro más significativo fue el que se produjo con Manuel Martos, su hijo, que le acompañó personalmente en el Auditorio al ritmo del chispeante El cielo puede esperar.

Por lo demás, no se puede poner ni una sola pega a un perfecto engranaje dentro del que cada pieza funciona cuando tiene que hacerlo. Ni antes, ni después. Y ahí es Raphael quien lleva la batuta. Así, con sus gestos, acelera o desacelera ritmos, concede pequeños bises de algunas piezas o hace que el respetable se entregue como pocas ocasiones se ve. Sea como sea, para el que aún tenga dudas de la actualidad de esta figura, se le recomienda analizar los patios de butacas de sus montajes pues, para su sorpresa, descubrirá que son varias las generaciones que en ellos se sientan y que, abuelos, padres, hijos y hasta nietos disfrutan del buen hacer del ilustre cumpleañero.

Al final queda el dulce sabor de boca de reencontrarse por Sevilla -ciudad que él adora- a un Raphael tan generoso que no deja de entregarse cada noche a la misma causa: "Una canción, un teatro y a ti". ¿Existe mayor demostración de amor al público?

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