El atavismo y los sueños

'La interpretación de los sueños'. Sigmund Freud. Trad. Alfredo Botons. Akal. Madrid, 2013. 656 páginas. 18 euros.

Manuel Gregorio González

28 de septiembre 2014 - 05:00

Freud muere el 23 de septiembre de 1939 en su exilio londinense. A comienzos de ese mismo mes, las tropas de la Wehrmacht han invadido ya Polonia, y el secular anti-semitismo europeo se halla cerca de coronar su prédica infamante. Setenta y cinco años más tarde, no parece que la obra y la figura de Sigmund Freud hayan perdido su capacidad de influjo; y ello a pesar de las oportunas revisiones de Malinowski y Fromm, o de las ruidosas invectivas de Michel Onfray, de las que el autor francés aún tardará en reponerse. Traemos, pues, aquí, en modestísimo homenaje, una de las obras capitales del XX, La interpretación de los sueños; y no sólo por la nueva consideración de lo humano que encerraron sus páginas (Freud fue un excelente escritor y un magnífico lector de Shakespeare), sino por los profundos cambios sociales que el psicoanálisis introdujo en las costumbres, y en el propio idioma, del siglo pasado.

Para un lector poco aficionado a la técnica psicoanalítica, quizá convenga recomendar aquí un pequeño volumen (Psicoanálisis del arte) donde se reúnen cinco ensayos de Freud sobre Da Vinci, Goethe, Dostoievski, Miguel Ángel y La Gradiva de Jensen, y que evidencian, de modo obvio, la escarpadura anímica de sus teorías. Para los curiosos de la Grand Guerre, no obstante, y para el concepto de humanidad emergido de las trincheras, los remito a una recopilación de ensayos, de crucial importancia, como es El malestar en la cultura. A todos, sin distinción, conviene emplazarlos a esa suerte de multiplicidad ambulante -el yo, el super-yo y el ello- que se desprende ya de La interpretación de los sueños, publicada en 1899. Es célebre la frase, por otra parte, que Freud pronuncia al llegar al puerto de Nueva York en septiembre de 1909: "No saben que vengo a traerles la peste". Esa peste era la condición equívoca, predatoria, sexuada y traumática de nuestra especie, cuya verdadera naturaleza permanecía secreta en las volutas del sueño. No en vano, a partir de Freud, sueño y pesadilla adquieren una extraña y enfermiza sinonimia, antes inexistente.

A pesar de lo cual, fue la propia realidad del XX quien empujó hacia esa visión tan pavorosa como catastrófica del ser humano. En el año 15, Freud escribirá, en las páginas finales de La guerra y la muerte: "Descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos, que llevaban el placer de matar, como quizá aún nosotros mismos, en la masa de la sangre". No parece que, un siglo después, los hechos desautoricen esta verdad execrable.

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