Un corazón en llamas
'De un experto en demoliciones'. León Bloy. Trad. Teresa Lanero. Prólogo y epílogo de Rubén Darío Berenice. Córdoba, 2014. 288 páginas. 16 euros.
Es lícito situar la obra de Léon Bloy junto a la de otros dos extraordinarios polemistas de tradición católica: Gilbert Keith Chesterton y Marcelino Menéndez y Pelayo. Si el inglés se distinguió por una formidable habilidad paradojística; si el español brilló, tanto por su aplastante erudición como por el minucioso estudio de la heterodoxia hispana, el francés descollará por una virtud que tiene mucho de oracular y no poco de violenta. Bloy, algo mayor que los antedichos, es también un príncipe de la invectiva que carga, no contra la obra particular de un autor, no contra una específica corriente literaria, sino contra el siglo XIX en su totalidad. Y esa totalidad, considerada como abominable, es la que engloba el cientifismo, el naturalismo, la francmasonería, el ateísmo y cuantos ismos desacreditarion el viejo temblor sagrado que Bloy, por la vía de la caricatura y el vejamen, quiere recuperar para la Francia de San Luis y las vidrieras góticas.
Esto significa que tanto Bloy, como don Marcelino, como Chesterton, están señalando uno de los cambios más dramáticos y perdurables de aquella hora, y que el siglo XX no hará sino agravar: "la espantosa desbandada -dice Bloy- de la sociedad cristiana del siglo XIX". Desde este presupuesto, es fácil comprender la función de visionario, de orate, de ángel colérico y tonante, que el propio Bloy se adjudica para latigar y asenderear a las masas crédulas del Ochocientos. Así lo retratará Rubén Darío, tanto en el prólogo como en el epílogo que acompañan a estas páginas incendiarias. Páginas, por otra parte, extraídas de sus críticas en el legendario Le Chat Noir, y donde su amor a la Verdad y la Belleza, personificados por Bloy en Barbey d'Aurevilly, en Verlaine, en Baudelaire, en Poe, en Villiers de L'isle Adam, en un olvidado Rollinat, se cruzan y se amalgaman con su funesta artillería antiburguesa. Queda claro, pues, que de este "experto en demoliciones" no debemos esperar ningún elogio de Renan, de Flaubert o de Zola, y sí un inmoderado caudal de improperios, que nacen de un corazón en llamas y toman forma en una altísima, en una enérgica y cruel literatura.
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