Crítica de Cine

El corazón de las tinieblas en versión jesuita

Liam Neeson, en una escena de la nueva película de Martin Scorsese. Liam Neeson, en una escena de la nueva película de Martin Scorsese.

Liam Neeson, en una escena de la nueva película de Martin Scorsese.

Scorsese es uno de los grandes directores de la generación de los 70. Pero, como le sucedió a su coetáneo Coppola, sufrió un raro colapso de talento hace ya muchos años. El caso de Scorsese es parecido -en lo que al eclipse de genio creativo se refiere- a la vez que distinto, porque ha seguido en activo; pero sin rodar una obra maestra desde 1995 (Casino). Y ello tras una filmografía irregular que conoció un claro declive entre 1982 y 1988 (las no logradas El rey de la comedia, Jo qué noche, El color del dinero y La última tentación de Cristo) del que se recuperó en los 90 a partir de Uno de los nuestros y La edad de la inocencia hasta culminar en la ya citada Casino y la apreciable Kundun. Desde entonces, y a lo largo de los últimos 20 años, ha rodado sólo películas fallidas, unas malas (Gangs of New York, Infiltrados, El lobo de Wall Street) y otras peores (Al límite, El aviador, Shutter Island). Con la excepción amable -pero tampoco del todo lograda- de La invención de Hugo.

Por qué un talento superior lleva dos décadas sin producir una obra digna de él es un enigma para el que, lo confieso, no tengo explicación. De una parte parece como si hubiera quedado preso formal y temáticamente de sí mismo. De otra parece haber perdido el control sobre su gusto por la representación de la violencia, convirtiéndola en algo patológico, desquiciado y sin sentido dramático, banal en definitiva (y no se trata de un intento por reflejar la banalidad del mal, desde luego). Puede ser también que tema quedarse anticuado y exaspere las marcas estilísticas y temáticas de su cine para competir con el manierismo de la crueldad poshumana y vacía de un Tarantino. Quién sabe...

Quienes confiamos en el posible regreso del gran Scorsese esperamos Silencio, un proyecto largamente preparado por él, como una esperanza que la película no cumple. Basada en una muy buena novela de Shusaku Endo (1923-1996), prestigioso novelista católico japonés, lo que le sitúa en una tierra de nadie dado el carácter minoritario del catolicismo en Japón, trata de las aventuras y desventuras físicas y metafísicas de dos misioneros jesuitas en el Japón del siglo XVII, totalmente cerrado a cualquier influencia cultural o religiosa extranjera. Adaptada por dos veces a la pantalla con poca difusión, ésta es su primera versión cinematográfica de amplia difusión. Se ha dicho que Silencio forma una trilogía religiosa con La última tentación de Cristo y Kundun, y no es cierto. Nada tiene que ver con la segunda, que era un hermoso y colorista festival budista que volaba con las alas de una extraordinaria partitura de Philip Glass logrando una de las más perfectas conjunciones entre imagen y música. Sí tiene que ver con su fallida adaptación de la obra maestra de Nikos Kazantzakis La última tentación de Cristo -que marcaba claramente los límites del cine de Scorsese para la representación de lo sagrado- al tocar los temas del sacrificio, el miedo y, sobre todo, la tentación de la apostasía. Si Satanás tentaba a Cristo con una vida normal que hacía innecesaria su inmolación en la cruz, aquí se tienta con la posibilidad -para eludir las atroces torturas que se representan con el conocido gusto de Scorsese por la crueldad- de la renuncia a la misión. En La última tentación... es el encuentro entre Cristo y un escandalizado Pablo de Tarso -en la secuencia de la tentación- lo que hace que el crucificado rechace a Satanás y muera redimiendo. Aquí hay otro encuentro dramático entre los dos jóvenes misioneros llenos de ardor martirial y otro jesuita que, como el Kurtz de El corazón de las tinieblas, en su aislamiento en medio de un horror inconcebible ha sucumbido a él como parte a la vez que víctima de ese horror. Es en este punto donde más se parecen ambas películas de Scorsese al plantear si es necesario el sacrificio, si la insistencia hasta el martirio no es irracional obstinación, si una creencia justifica el sacrificio de una vida humana, si es digno de sus mártires un Dios que exige su sacrificio y además guarda silencio cuando se le interroga e implora...

Dotado para la representación de la crueldad, Scorsese titubea, casi bordea la estampita, en el retrato de los misioneros interpretados con un cierto aire Molokai por Andrew Garfield y Adam Driver, acierta más con el complejo y atormentado personaje de Liam Neeson (el reparto en principio elegido parecía mucho más ajustado: Gael García Bernal y Benicio Del Toro debían interpretar a los jóvenes jesuitas y Daniel Day-Lewis al maestro apóstata) y triunfa en el retrato de los inquisidores japoneses, especialmente el interpretado por Shin'ya Tsukamoto, inteligente y refinadamente malvado hasta rozar la caricatura pero sin incurrir en ella. Visualmente potente -Scorsese es Scorsese- hay que agradecerle una mayor contención en el montaje para profundizar más en la fuerza de los planos. Pese a ello la película carece de unción, lo que es grave en la temática que se quiere honda, torturada y oscuramente religiosa. Y tiene un metraje excesivo. Menos brillante y más correctamente académica, La misión la supera en cuanto a martirologio jesuítico.

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