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The quiet girl | Crítica

El celofán de los afectos

La niña Catherine Clinch en una imagen del filme irlandés candidato al Oscar.

La niña Catherine Clinch en una imagen del filme irlandés candidato al Oscar.

No sería de extrañar que esta pequeña cinta irlandesa gane en dos semanas el Oscar al mejor filme extranjero. De hecho, tiene todos los ingredientes para hacerlo, desde ese retrato de la Irlanda rural más típica y hasta cierto punto idealizada, a su emotiva historia de iniciación y descubrimiento del mundo a través de los ojos de una niña buena, observadora y retraída (Catherine Clinch) que viaja para pasar con unos parientes una temporada crucial de una infancia que se adivinaba dura y sin afecto.

El debutante Colm Bairéad dispone los materiales procedentes del relato de Claire Keegan con una cierta vocación impresionista y una tendencia al preciosismo que raya en el empalago. De hecho, lo peor de esta cinta que se quiere hecha de pequeños gestos, silencios y detalles reside en esos momentos en los que la puesta en escena necesita volar, ralentizar o salir del foco de su meollo argumental, que no es otro que el de la secuencia del encuentro y el roce con esa pareja en duelo donde el calor del cariño, la escucha y la atención vienen a suplir y revelar las carencias de la verdadera familia.

The quiet girl reivindica el gaélico como lengua para la comunicación íntima e intenta trasladar a su atmósfera el peso de la ausencia y la melancolía, también una cierta idea de la crueldad o la insensibilidad adulta hacia la infancia y su inocencia como obvio contrapunto a la pureza de la mirada de la niña. Otra cosa es que Bairéad lo haga tirando de tics publicitarios y un trazado demasiado visible que termina enseñando esas teclas de la manipulación sentimental por más suavemente que se toquen.