La danza más pacificadora

Rosalía Gómez

17 de enero 2010 - 05:00

Shantala Shivalingappa. Diseño, Dirección artística e interpretación: Shantala Shivalingappa. Iluminación: Nicolas Boudier. Lugar: Teatro Central. Sala B. Fecha: Sábado, 16 de enero. Aforo: Lleno con las localidades agotadas.

Hija de la bailarina india Savitry Nair, educada en la danza clasica hindú y criada en París, no es extraño que Shantala Shivalingappa haya interesado a los grandes creadores europeos que, sin demagogias de ningún tipo, han practicado siempre la interculturalidad. Así, en su impresionante historial, aparecen colaboraciones con Peter Brook, el poeta de los caballos Bartabás, Béjart o Pina Baush, con quien colaboró en varias ocasiones -en Nefés (2003), por ejemplo- y a quien parece estar dedicado este homenaje (Namasya).

A Sevilla, sin embargo, llega sin la dirección de ninguno de éstos, con un conjunto de cuatro solos en los que la bailarina nos muestra su danza. Su vocabulario, principalmente el de sus hermosas manos, procede de una danza clásica hindú de la región de Andra Pradesh: el Kuchipudi. Una danza que durante siglos fue bailada sólo por hombres brahmanes y que posee una enorme riqueza rítmica y expresiva de la que ella toma, en cuatro coreografías firmadas por el japonés Ushio Amagatsu, su madre y ella misma, principalmente la energía más suave y pacificadora.

Mientras en una pantalla se nos muestra el color y algunas de las formas de dicha danza, Shantala, vestida de blanco y de negro -traje de noche al estilo Baush para la pieza realizada con ella-, sin maquillaje ni adornos, se entrega, no ya a los dioses, sino a su público, con un movimiento preciso en el que predomina la lentitud de los gestos y la imaginativa utilización de los mudras (movimientos de las manos) originales de la India. Una danza que, con sus músicas hipnóticas o en el silencio, se acerca al yoga, conecta directamente con el espectador y y logra serenar el espíritu de la sala. Que no es poco.

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