Tres dimensiones de la pintura
Pese a las profecías sobre su muerte, la disciplina sigue ofreciéndose a la mirada y al pensamiento, como demuestran Gerardo Delgado, Miki leal y Cristina Lamas
Pese a los numerosos augures que hace algunas décadas decretaron su muerte, la pintura sigue ofreciéndose a la mirada y al pensamiento. Aquellos debates, sin embargo, no fueron estériles: sirvieron para que los autores exploraran los caminos posibles de la pintura y optaran por alguno de ellos, rastrearan las diversas encrucijadas, imprevisibles, que se abren al recorrerlos y acometieran esta tarea, nada sencilla, con buena carga de reflexión.
Todo ello puede aplicarse a los trabajos y ejecutorias de tres autores sevillanos que actualmente exponen y se exponen en Madrid.
Cristina Lama (Sevilla, 1977), tras su reflexión sobre el alcance de mitos como el de Lilith (la antecesora de Eva que prefirió ante todo ser libre), realiza ahora escuetos iconos con los que forma piezas análogas al retablo. Cada imagen individual puede exigir una técnica diferente: el trazo del pincel asimilado al dibujo de líneas, generosos campos de color, figuras que surgen de superficies pintadas que somete después al trazo o a técnicas parecidas al grattage. Todos esos procedimientos entrañan un fuerte valor del gesto: la espontaneidad de la mano que traza, cubre de color o hace saltar la pintura es más importante que la cuidada elaboración, siempre amenazada de falsedad. Esta pintura directa se traduce en iconos recurrentes que forman un universo poético muy personal: rostros (a veces hurtados por la escafandra de un buzo), escaleras, puertas, ruedas dentadas de alguna máquina secreta, lágrimas, lágrimas que llenan literalmente el cuadro. El resultado tiene la frescura típica del trabajo de Lama y el atractivo de la poética del exvoto: son figuras que sugieren esa dimensión del imaginario que apunta, más que a la ensoñación del objeto, al deseo de alcanzarlo o al temor de perderlo, y que, al expresar de modo directo un mundo individual, invitan al espectador a explorar el suyo.
Benveniste ofrece a los pintores trabajar con diversas técnicas gráficas garantizando rigor y calidad en las obras. Las piezas que presenta Miki Leal (Sevilla, 1974) se benefician de esta buena edición y muestran a la vez la versatilidad de su quehacer. Hay en la muestra doce obras que culminan la anterior serie dedicada al cine: todas recogen la palabra fin, el plano final del filme. La incursión en el cine se extiende a un monotipo mayor (100 x 140 cm) y de gran calidad con un fotograma de Barbarroja (Akira Kurosawa). Otros ocho monotipos forman una serie dedicada a los pájaros. Tiene calidad pictórica y también interés conceptual: dada la singularidad del monotipo (al tener que manipular la plancha en cada tirada, las distintas piezas son prácticamente únicas), las breves manchas que lo componen señalan en cada ocasión un nuevo y breve ejercicio de la pintura. Pero las obras más importantes son sin duda dos xilografías dedicadas a la novela de Salinger, El guardián entre el centeno. Leal aprovecha ciertas cualidades de esta técnica, como la fuerza del trazo, y las une a su sentido del color para hacer dos obras más que sólidas. Si son el comienzo de una serie basada en la citada novela, las perspectivas abiertas son realmente esperanzadoras.
Cuando a la mirada del pintor se une la del arquitecto, puede que descubra lo que otros ojos no ven. Los rojos intensos de unos tubos flexibles que asoman por los alcorques de una cale o el contraste entre los ordenados pliegues de la estatuaria clásica y la atmósfera que los rodea ha servido a Gerardo Delgado (Olivares, Sevilla, 1942) para realizar piezas que unen ritmo, espacio y color. En Rastros urbanos las pintura se opone a franjas onduladas en las que el soporte, la madera, sale a la superficie. Pompeyanas es una amplia serie de dípticos. En cada uno, el cuadro de mayor dimensión presenta formas nítidas, suavemente onduladas, que surcan los dos tercios superiores de la superficie que termina abajo en pliegues rectos. Todo ello sobre un fondo donde la pintura aparece mezclada y aplicada de manera gestual. Se establece así un sugerente contraste entre la densidad pictórica del fondo y los netos perfiles de las líneas que hacen surgir ritmos muy variados al entrar en contacto con las diversas calidades de la pincelada-gesto que organiza el fondo. En la otra pieza del díptico, más pequeña, se extrema el tratamiento gestual articulando una extensa gama de rojos. La muestra tiene calidad de instalación: los cuadros cubren la sala reiterando las ideas básicas de este trabajo: una cuidada reflexión sobre el espacio y el color.
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