Don Winslow: “Escribir es como leer una ola, a veces lo importante no se ve”

Negro sobre negro

El aclamado autor vuelve al relato corto para escribir sobre violencia, pérdida y redención

“Trump está haciendo un daño inconmensurable a este país”, dice

El escritor norteamericano Don Winslow.
El escritor norteamericano Don Winslow. / Eduardo Muñoz
Pedro M. Espinosa

25 de enero 2026 - 06:00

Poco después de que Donald Trump confirmara que pelearía por recuperar la Casa Blanca –esta vez desde las urnas–, Don Winslow anunció que dejaba de escribir para volcar todos sus esfuerzos en luchar contra un adversario temible. El autor de obras tan indispensables como la Trilogía del Cártel (El poder del perro, El cártel y La frontera) divide su tiempo entre Julian, una pueblecito costero en el sur de California, donde practica surf a diario, y Rhode Island, en la costa Este. Como los buenos toreros, que se cortan la coleta y resucitan tantas veces como lo requiera el guion, Winslow ha vuelto con un libro que contiene seis espléndidos relatos cortos, una vía alternativa que ya recorrió en Rotos. Esta vez lleva por título Resultado final, y en ellos vuelven a aparecer la violencia, la pérdida, la cárcel y la redención. A sus 72 años, Winslow conversó esta semana con este diario desde su casa, a orillas del océano Pacífico, y habló con franqueza de finales, de surf, de política, de Trump, de la derrota y de la necesidad —vital y literaria— de seguir empujándose hasta el límite.

Pregunta.—El libro reúne seis relatos breves. ¿Qué le permite la novela corta que no le ofrece la larga?

Respuesta.—Hay historias cortas que no tienen esqueleto para convertirse en una novela, pero que aun así tienen que contarse. Son historias divertidas, interesantes, dramáticas. Es bonito tener la libertad de poder escribir también esas historias. Una historia como La lista de los domingos, por ejemplo, no da para una novela. Este libro me permitió una libertad tremenda a la hora de escribir sobre muchos temas distintos y con estilos muy variados, y eso fue muy divertido. Hay un relato que es solo diálogo, sin ningún tipo de narrativa, y me lo pasé muy bien haciéndolo.

P.—Esa libertad formal atraviesa todo el libro. Aunque son relatos independientes, comparten un mismo clima.

R.—Sí, comparten un clima moral. Hay violencia, hay pérdida, aparece la cárcel, la dureza de la cárcel, la redención y lo complicado que es alcanzarla. ¿Si las concebí como un conjunto desde el principio? Conscientemente no, pero cuando miro atrás creo que, de manera subconsciente, sí. Es una respuesta complicada.

P.—¿Había una intención temática clara detrás del libro?

R.—No me propuse escribir de manera temática. Pero creo que el libro refleja el momento que atravesaba mi país y también yo como individuo. Hay uno o dos temas que están ahí porque estaba escribiendo estas historias en un momento en el que me sentía en el bando perdedor de una guerra que consideré un desastre y una desgracia. Perder esa guerra fue duro. Estaba en un punto de preguntarme: ¿Quién voy a ser ahora?, ¿qué voy a hacer?, ¿quiero seguir escribiendo?, ¿no quiero? Creo que esos temas atraviesan casi todos los relatos, excepto uno, pero creo que estaban ahí a nivel subconsciente.

P.—Muchos protagonistas son hombres cansados, al límite, que llegan tarde a casi todo. ¿Le interesa más escribir sobre el final del camino que sobre el ascenso?

R.—Sí, desde luego ahora sí. Supongo que tiene que ver con dónde estoy en la vida y también con la trayectoria que llevamos como país. Hay que ser sincero: tengo más días vividos que días por vivir. Creo que es normal que eso te lleve a reflexionar más sobre el final de las cosas. Pero si miras el arco de cualquier cosa —una vida, una organización—, el final siempre dice mucho.

P.—Hace muchos años leí El club del amanecer y ahora, al reencontrarme con esos personajes en su último libro, con Dave, con Boone, el Marea, con todos… me he dado cuenta que también los echaba de menos. Anoche mismo empecé a releer La hora de los caballeros, que es la segunda entrega de esta patrulla de surferos detectives. ¿Tenía ganas de volver a encontrarse con ellos?

R.—Claro que sí, siempre. Son parte de mi vida.

P.—Ese universo de camaradería masculina ligada al mar y al surf está muy presente en su obra.

R.—Sí. Yo siempre estoy cerca del océano y siempre veo a ese tipo de hombres. Escucho sus conversaciones, participo en ellas, me río mucho con ellos, me lo paso muy bien. Disfruto escribiendo sobre ellos y volviendo a ellos, y espero que el lector también lo disfrute.

P.—El último relato, Colisión, es especialmente duro por lo que cuenta de la cárcel. ¿Cómo construye ese ambiente patibulario?

R.—Yo nunca he estado en la cárcel, por suerte, pero fui investigador privado y conocí muchas historias. He pasado mucho tiempo escuchando a personas que sí estuvieron dentro. La cárcel es un lugar extremo. Es violencia, es pérdida, es dureza. Lleva a un ser humano al borde de la muerte, física y emocionalmente. Es un entorno que te obliga a mirar hasta dónde puede llegar alguien.

P.—En su obra la política siempre está muy presente. ¿Cómo se vive en Estados Unidos todo el proceso que está llevando a cabo su presidente en Venezuela, en Groenlandia, los ataques a la Unión Europea? ¿Cómo se respira este clima de agresividad, casi de matón de patio de colegio, en la sociedad americana?

R.—Pues depende de con quien hables. Mira, ligeramente menos de la mitad del electorado americano votó a Trump. Sigue teniendo su base, y a ellos les encanta todo. Pero la otra mitad está furiosa, manifestándose, hablando, está en contra… Lo que parece que vemos en las últimas dos semanas es lo que yo llamaría como el arrepentimiento del comprador por parte de algunos de los votantes de Trump, cuando se enfrentan a la realidad de la locura. Si te fijas en el discurso que dio en Davos, es el discurso de un loco, de un majara, no tiene otra palabra. Hay gente que lo escucha y piensa, oh Dios mío ¿qué hemos hecho? Trump está haciendo un daño inconmensurable a este país, mucha gente lo ve, lo siente. El precio de la vida es cada vez más absurdo, nadie se lo puede permitir, las peleas que vemos a diario, con los agentes del ICE arrastrando a personas por las calles, son terribles. Esto no es lo que América tendría que ser, pero algún número en concreto de americanos, tristemente, sí que piensa que ése es el camino, así que estamos en una época muy dura. Y luego está lo que yo llamo la fatiga del caos, por falta de un término mejor. La gente se cansa de este caos diario hasta el punto que ya no es capaz de absorberlo, con lo cual lo apaga. Muchos amigos me dicen que ya ni leen los periódicos ni ven las noticias, y yo entiendo esa reacción por protegerse a sí mismos, sólo que no creo que sea saludable ignorar lo que está pasando y que se vayan aislando cada vez más. Dicho esto, los Trumpistas siempre van por ahí diciendo que van a hacer que los liberales lloremos, pues ¿sabéis qué, cabrones? Yo no he llorado, y no voy a llorar. Voy a estar enfadado y triste cada día, pero no voy a dejar que Trump y su panda de matones me roben la pasión de vivir y de hacer lo que hago. Que les jodan...

P.—En Europa, y más todavía desde que comenzó la guerra en Ucrania, siempre temimos un invasión desde el Este a un país miembro de la OTAN. Sin embargo, ahora estamos ante un escenario geopolítico totalmente diferente, que es que sea Estados Unidos quien pueda ocupar territorio OTAN. ¿Eso da para una novela de terror?

R.—Es que es muy absurdo. Es tan absurdo que se necesitaría un Orwell para escribir esa novela. Desde luego es una novela de thriller, crimen, negra. Trump llega, con su bocachancla, que eso es lo que hace siempre, y empieza a hablar sobre invadir Groenlandia si Dinamarca se niega a entregárnosla. Las palabras ya suenan absurdas al decirlas, pero luego llegan un par de líderes europeos y él da marcha atrás. Es lo que nosotros en EEUU llamamos T.A.C.O., que significa Trump Always Chicken Out, o sea, que Trump al final es una gallina. Cuando te enfrentas al bullying y le das un puñetazo en la nariz, él retrocede. Que es lo que hace siempre. Ojalá se pudiera convencer a los líderes europeos de hacer esto. Tengo mis dudas a la hora de dar consejos a los líderes europeos, porque claro, me podrían decir, perfecto, y ¿por qué no lo hacéis vosotros, los americanos?, y sería una respuesta muy válida. Pero eso es exactamente lo que tiene que pasar, porque cada vez que le plantas cara a este tío, él retrocede. De momento lo único que puedo hacer es pediros perdón y decir sí, es verdad, tenéis a Rusia a un lado con Putin y a Trump al otro.

P.—Pasemos a algo que sí le apasiona: el surf. A sus 72 años sigue practicándolo a diario. Qué envidia.

R.—Sí, sigo practicándolo. Se me da fatal, y cada año se me da peor (risas).

P.—¿Encuentra paralelismos entre leer una buena ola y construir una escena de una novela?

R.—Sí, totalmente. Es una pregunta muy perceptiva. A menudo pienso en la escritura en esos términos. Por un lado, está lo estructural: las olas pueden ser bonitas o amenazadoras, y eso es muy buena materia para escribir. Pero lo más interesante es lo que no ves, lo que está causando esa ola. Corrientes que vienen de muy lejos y que se van acumulando. Eso es muy parecido a la novela negra: lo que ocurre bajo la superficie, el poder, la política, todo eso que no se ve. Luego la ola rompe, estalla. Si entras con el ángulo equivocado, si empiezas la historia demasiado pronto o demasiado tarde, te caes. A mí me pasó: me disloqué un hombro. Los paralelismos entre el surf y la escritura son muchos.

P.—Y luego está el riesgo físico, no nos olvidemos.

R.—Sí. Ahora el tiempo de recuperación es más largo y las lesiones duran más. Tenemos un amigo surfista al que llamamos El pack de hielo, porque siempre va con uno. Yo no quiero morir en mi sofá. No me gusta que el sol me encuentre durmiendo. Estoy casi siempre en el agua al amanecer.

P.—¿Ese empujarse al límite también se lo aplica a la ficción?

R.—Totalmente. Puedes llevar las cosas al límite porque es ahí donde está la diversión. Hay que decidir si haces algo o no, si asumes el riesgo. Yo creo que sí hay que hacerlo, porque ahí es donde una historia resulta satisfactoria.

P.—Desde que es abuelo, ¿le cuesta más escribir finales tristes?

R.—Sí. Hay cosas que ya no escribo. No escribo sobre la muerte de un niño. Ya no puedo. Lo hice en El poder del perro, pero ahora sería incapaz. Hay escenas que nunca te abandonan.

P.—Después de tantos libros sobre crimen, poder, corrupción y derrota, ¿qué cree que todavía le queda por contar?

R.—No lo sé. No estoy siendo tímido ni reservado. De verdad que no conozco la respuesta. Sigo escribiendo cada día. He escrito esta misma mañana, al amanecer. Pero no sé qué más queda. Publicar por publicar no me interesa. Ojalá supiera la respuesta.

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