crítica de cine 'Jefe'

Simpatía por el tiburón

Luis Callejo, empresario déspota y miserable en 'Jefe'. Luis Callejo, empresario déspota y miserable en 'Jefe'.

Luis Callejo, empresario déspota y miserable en 'Jefe'.

El mundo de la empresa ha asomado al cine español reciente con una cierta tendencia crítica a sus procesos y dinámicas de explotación capitalista, de Smoking room a La punta del iceberg pasando por El Método, Casual day o A puerta fría. Ese enfoque es el que, en principio, podía esperarse también de Jefe, largo de debut de Sergio Barrejón protagonizado por un ejecutivo miserable en pleno descenso a los infiernos de la autodestrucción, el desfalco y la crisis matrimonial. 

No es fácil empatizar con el tipo que compone Luis Callejo, jefe déspota, machirulo, putero y cocainómano, pero no es menos cierto que el gran actor segoviano lo saca a flote contra viento y marea, enfrentado a una conspiración interna en su empresa, a una esposa-harpía (sic) que le pide el divorcio por mensajería personalizada y a quien apenas el encuentro (erotizado) con una empleada de la limpieza colombiana (Juana Acosta) consigue poner en perspectiva de humanización en la peor de sus horas.

Jefe se la juega así en el resbaladizo terreno de la redención de un tipo indeseable a golpe de humor negro, labia afilada, tipología esquemática, escenografía de oficina y a través de una trama de lealtades y traiciones que, a la postre, resulta ser lo de menos.

El desafío aquí es mantener el pulso a la apuesta, aunque para ello haya que renunciar a todo mensaje político y abrazar las contradicciones de su protagonista como consecuencia de un sistema empresarial dominado por machos-alfa donde todo asomo de autoconciencia, arrepentimiento o redención están condenados a ser una pantomima para seguir perpetuando el régimen de poder y la explotación de los trabajadores, las mujeres y los inmigrantes, y a ser posible los tres en uno.