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Cultura

El flautista encantado

  • 'Canijo'. Fernando Mansilla. El Rancho Editorial. Sevilla, 2013. 328 páginas. 17 euros.

A pesar de la convención romántica, no existe mucha literatura sobre Sevilla. Existe, en número abrumador, la nota pintoresca, la acuarela exótica, un sur remoto al sur de Europa donde la civilización y el comfort aún no han hollado una costumbre secular y arcana. Ahí, sin embargo, es un arquetipo del folclore, y no la ciudad viva, en mutación, lo que se ofrece a nuestros ojos. Novelas ocurridas en Sevilla encontramos en Ferrán, en Grosso, en Julio Manuel de la Rosa, en Aquilino Duque, en Luis Manuel Ruiz, en Robert Wilson, en Vicente Tortajada, en Íñigo Ybarra. También, y de manera oblicua, en Cervantes y Quevedo, en el Ocnos de Luis Cernuda. Si queremos, no obstante, acercarnos a la Sevilla de los 80, a una Sevilla provinciana, ruinosa, estragada por la heroína, habremos de asomarnos a este Canijo de Fernando Mansilla.

Quizá el mayor acierto de Mansilla haya sido el tono escogido para su novela. Acudiendo a la tradición, desde Thomas de Quincey a William Burroughs, hubiera sido lícito esperar cierto énfasis melodramático, entre la devoración y el éxtasis, para enumerar las penurias de un drogadicto. Hubiera sido lícito esperar una poética del infortunio. Sin embargo, la novela de Mansilla (una novela coral, que evoluciona en círculos, saltando de un personaje a otro y de la periferia al centro, durante la década de los 80), acude a un limpio naturalismo para narrar la paulatina degradación de quienes se abismaron en la heroína sin sospechar el fin que les aguardaba. Esto mismo lo ha hecho, de algún modo, la película de Alberto Rodríguez Grupo 7. No obstante, Grupo 7 ofrece la perspectiva policial de aquel ancho inframundo, cercana ya la hora del 92, mientras Canijo relata la vida de quienes trajinaron con la heroína -clientes, camellos convertidos en consumidores y viceversa- en la zona del Pumarejo y la Alameda. Ninguno de ellos salió indemne de esta infortunada aventura. Ninguno de ellos, caso de estar vivo, quizá reconociera aquella Sevilla urgente, ruin y menesterosa. En cierta forma, los personajes de Mansilla son los restos dispersos, arqueología viva, de una Sevilla remota. Una Sevilla, por otra parte, que pagaría un altísimo tributo en vidas, como aquí se recuerda. Canijo, el apacible yonki que da nombre a la novela, acabará vendiendo su clarinete para sumirse en el encanto de una melodía más alta: la música de la nada, donde el dolor no existe y el miedo se disuelve, como una bruma.

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