Crítica de Ópera

Las flores del Mal

Ainhoa Arteta, en la escena final de 'Adriana Lecouvreur', de Francesco Cilea. Ainhoa Arteta, en la escena final de 'Adriana Lecouvreur', de Francesco Cilea.

Ainhoa Arteta, en la escena final de 'Adriana Lecouvreur', de Francesco Cilea. / belén vargas

Título lleno de bellezas y de momentos rutinarios por igual y que se representaba por primera vez en Sevilla, Adriana Lecouvreur se engloba en la corriente que podríamos llamar del verismo poético: verismo por su escritura vocal y por el peso de la orquesta y poético porque rehúye de los argumentos naturalistas y tremendistas para refugiarse en atmósferas de un pasado más soñado que real. De ahí el que la direccion musical tenga que estar muy atenta a establecer el equilibrio en la balanza del sonido y en el balance del fraseo. En este sentido, la representación fue asentándose poco a poco, sobre todo a partir del tercer acto. Hasta entonces a Halffter le faltó morbidez y fluidez en el fraseo, con una orquesta a medio gas aún. Momentos como Io son l'umile ancella sonaron con excesiva morosidad y sin la pátina de italianidad en el fraseo requerida. Algo similar ocurrió con la primera intervención de Maurizio, La dolcissima effigie, sin ese pellizco que una melodía tal nos debería provocar. Pero todo fue a mejor desde el inicio del tercer acto, con un sonido orquestal mucho más aterciopelado y empastado y un fraseo más fluido, para culminar con un final del cuarto acto realmente delicado y cargado de poesía.

La misma evolución se observó en Ainhoa Arteta, fría, con vibrato excesivo y abusando de los portamenti en sus primeras intervenciones, pero mucho más convicente en los dos últimos actos. Tiende a ensanchar artificialmente el centro para conseguir una expresión más dramática, que es lo mismo que se aprecia en Ilincai, con un pasaje engolado y una voz sin el peso necesario en el centro, además de un fraseo impersonal. Cansino sí que mostró un fraseo muy natural y muy convincente, con voz poderosa aquejada, eso sí, de evidente vibrato. Típica voz eslava la de Dudnikova, trasera, engolada en el centro, con cambios de color hacia el grave, pero con potencia, carga dramática y buen tercio superior. Y estupendo el resto, sobre todo la sólida voz de Lagares y la muy teatral de Fadó, como bien resueltos los breves pasajes corales. Puesta en escena clasicona, pobre de recursos y con dirección de actores poco o nada cuidada.

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