literatura

Todos los fuegos de Julio Cortázar

  • La Fundación Cajasol explora los "intereses y afectos" del autor argentino, un creador prolífico que vivió entre dos continentes, amó la música y el arte y hoy es recordado por su "generosidad".

Algunos retratos del autor./BELÉN VARGAS Algunos retratos del autor./BELÉN VARGAS

Algunos retratos del autor./BELÉN VARGAS

La poeta argentina Cristina Grisolía (Rosario, 1946) desembarcó en Europa en los años 70, como tantos otros paisanos suyos, para alejarse de la dictadura. En los destinos que alternó en esa década, Grisolía residió en Madrid, en París y en Viena, y en ese periplo encontró un apoyo en la figura de Julio Cortázar, que había leído con entusiasmo algún texto suyo en Cuadernos hispanoamericanos y con quien mantuvo una cálida relación epistolar. "Siempre contestaba, aunque fuera unas líneas", evoca Grisolía. "Era muy generoso. El gran escritor, con esa gran cultura, estaba muy pendiente de los otros".

Una de las cartas que envió el autor de Bestiario a su amiga forma parte de la exposición El universo de Julio Cortázar, una muestra que acoge la Fundación Cajasol hasta el 23 de abril y que, según uno de los comisarios, Claudio Pérez Míguez, da "pistas" para comprender al narrador en toda su magnitud a través de libros, fotografías y objetos personales, un material procedente del Museo del Escritor de Madrid y con el que se recrean los "intereses y afectos" del genio que revolucionó la literatura con Rayuela.

"Normalmente se le asocia con ese libro y con Historias de Cronopios y de Famas, pero esta exposición demuestra que hizo muchísimas cosas", dice Pérez Míguez sobre un creador ciertamente prolífico. El universo de Julio Cortázar desvela cómo Opio: diario de una desintoxicación, de Jean Cocteau, le enseñó al argentino en su juventud que existían otras maneras de narrar, una tendencia al riesgo y a la investigación que el autor de Queremos tanto a Glenda o La vuelta al día en ochenta mundos nunca perdería. Con sus obras, Cortázar lograría impactar al lector: ayer Dolly Onetti, viuda del Premio Cervantes Juan Carlos Onetti, rememoraba cómo el uruguayo rompió un espejo de un puñetazo afectado por la lectura de El perseguidor, debido a que la niña de la que se habla en el cuento le recordaba a su propia hija. Otro de los asistentes a la inauguración, el director del Instituto Cervantes, Juan Manuel Bonet, expresaba cómo le conmovía encontrar en la fantasía de El otro cielo, uno de los relatos de Todos los fuegos el fuego, protagonizado por un hombre desdoblado entre Buenos Aires y París, el corazón escindido de este escritor "entre dos continentes", que nació en Bruselas, pasó su infancia más temprana en Zúrich, creció en Argentina y desde los años 50 se instaló en Europa.

La exposición dedica uno de sus apartados a la intensa labor que Cortázar desarrolló como traductor, un oficio para el que fue contratado por la Unesco. Uno de los logros indiscutibles fue el encargo que le hizo Francisco Ayala para la Universidad de Puerto Rico, las Obras en prosa de Edgar Allan Poe, una traducción que ha perdurado como una referencia y con la que "Cortázar y su primera mujer, Aurora Bernárdez, pudieron comprarse un piso en París", detalla Raúl Manrique Girón, el otro comisario de la muestra.

En la esfera más personal, la exposición recoge los retratos que le realizó Mario Muchnik en una visita a Segovia, un libro dedicado a Alejandra Pizarnik firmado por los personajes de Rayuela -en el que nombran socia vitalicia de El Club de la Serpiente a la poeta- o la cinta de un contestador telefónico que Cortázar conservó porque incluía la confesión de un admirador que le emocionó profundamente. Pero ese universo que explora la muestra ya desde el título contempla otras caras del autor: su compromiso con Cuba -que no le impidió la defensa de Heberto Padilla cuando su libro Fuera del juego fue acusado de "antirrevolucionario" o su veneración por Lezama Lima, poco apreciado por el castrismo-, su melomanía y sus vastos conocimientos sobre arte, un campo en el que sus libros junto a las fotógrafas Sara Facio y Alicia D'Amico o sus escritos sobre Tàpies, Saura y otros pintores pueden verse entre los fondos expuestos.

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