El gigante contradictorio

Retrato de un personaje esencial de la 'era de las series'.

Francisco Camero Sevilla

21 de junio 2013 - 05:00

En una de las muchas escenas memorables de cocina y alcoba en la mansión del poder, Carmela, su mujer, que al principio no quiere saber y muy pronto sabe pero finge que no, recrea ante Tony -por una vez sin inyectar premeditadamente veneno en los pliegues de las palabras- una vieja anécdota de modesta felicidad en el jardín doméstico, mientras las mujeres hablaban de sus cosas y los hombres, aparte, en la gestión de la barbacoa, de las suyas. "Recordar es la forma más baja de conversación", estalla el hombre, porque en esa postal que le agitan ante las narices hay fantasmas que asustan y lastiman. Algunos -si no todos- lo son, de hecho, porque así lo quiso él.

En camiseta interior, bata y babuchas, en traje de talla desaforada y zapatos horteras (marcas de su opulencia abrupta, no precisamente heredada), o en chándal de motivos poligoneros para los contados momentos de relax con sus muchachos, cada vez con menos pelo, más gordo y encorvado, vencido por el peso de la vida y los negocios (en la lógica del capitalismo más nihilista, es obvio, el crimen no constituye otra cosa que la prolongación de aquellos por medios algo más drásticos), entregado a la voracidad sexual como catalizador de tensiones irresolubles y abrumado por la culpa, la nostalgia y la soledad de quien decide por sí mismo y por todos, ingenioso y astuto, rudo e inteligente, más carismático que el diablo, Tony Soprano ha sido El Coloso con pies de barro (y patos salingerianos) para toda una generación.

Por supuesto, en el final de aquel capítulo, Tony Soprano, paradigma en sí mismo del capo mafioso, como lo son los que encarnaron antes Brando o De Niro, acaba recordando con los amigotes, entre risas y palmadas en la espalda, un episodio del pasado, pero uno agradable, de cuando la vida se mostró, aun fugazmente, fácil, ligera, divertida: fabulosa. En las violentas contradicciones de este personaje-icono, sin menoscabo de la espléndida galería de criaturas que le rodean y que trascienden la función de coro griego, ahí reside el núcleo de la fascinación que ejerce la serie, el motor narrativo de esas seis temporadas y media con su radical fade to black final, tan polémico para algunos y por encima de eso tan consecuente con la inteligencia y la amplitud cinematográfica de ese conjunto de turbulencias regias de ecos shakespearianos cuya cima, eso recordamos, se encuentra en una cuarta temporada majestuosa.

En su decir y hacer una cosa y la contraria, Tony Soprano, conmovedora, apabullantemente humano, viene a recordarnos que todos tenemos razones, y algunas son buenas y otras son miserables y hasta mucho peores que eso, pero todos tenemos las nuestras. Justo así, con esa capacidad se diría que hipnótica para (casi) convencernos, ese grandullón sexy va empujando a los espectadores hacia un espejo que no regala a nadie una sola imagen complaciente: él, en las antípodas del glamour y la épica, esa forma prestigiosa de la mentira; los demás, enfrentados a los perversos mecanismos de fascinación tan característicos en las epopeyas mafiosas. Pero Los Soprano no produce tal empatía por homenajear y a la vez desnudar el género negro, por sus guiños admirados y paródicos a El Padrino o por su espíritu más crudo y scorsesiano que el de la saga de Coppola. Lo hace, más bien, porque la serie, catedral del claroscuro, trata con hondura y emoción todo aquello que le importa y le duele a cualquier persona que -como el capo siempre al borde del colapso definitivo en la consulta de su psicoanalista- decida no engañarse a sí misma y pensar con honestidad: el amor y la muerte, la (in)felicidad y por supuesto la familia (como salvación y como campo de batalla), en última instancia la fragilidad que conlleva sentirse vivo, esa misma que aplasta contra el suelo a Tony Soprano y él convierte en un inolvidable puñoteo colérico con dedos de salchicha.

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