Una historia del conocimiento
Debate publica la obra de Feyerabend que apareció tras su muerte en los archivos de la Universidad de Constanza.
Filosofía natural. Paul Feyerabend. Trad. Joaquín Chamorro Mielke. Debate. Barcelona, 2013. 23,90 euros.
Esta Filosofía natural de Feyerabend, inédita en español, y aparecida póstumamente en los archivos de la universidad de Constanza, pretende ser una breve historia del conocimiento, desde la vieja mitología homérica hasta teoría cuántica de Bohr. Esto incluye, naturalmente, tanto la moderna inductividad de Bacon como la violenta inmovilidad del ser postulada por Parménides. En cualquier caso, esta obra no recoge, no es, una historia cumulativa del saber humano. Muy al contrario, Feyerabend trata de mostrar aquí que lo que llamamos saber, conocimiento, ciencia, no es sino un instrumento rígido, sesgado, a veces ineficiente, cuya aplicación a la realidad ocultó, en ocasiones, el flujo de la realidad misma. A esa rigidez instrumental se debe la frase que ha hecho célebre al Feyerabend de Contra el método: "Todo vale". Frase cuya intención, por lo dicho anteriormente, no es la de incurrir en el relativismo posmoderno, sino la de otorgar flexibilidad a las herramientas (todo vale), que propicien un acercamiento más ajustado al mundo.
Sumariamente, este empeño de Feyerabend podría incardinarse en el irracionalismo que arranca a finales del XVIII y llega, por ejemplo, a Foucault y Althusser. Ya en 1831, Carus señalaba la incapacidad de la ciencia para atrapar o recrear la vida. Dónde, se pregunta Carus en la primera de sus Nueve cartas sobre la pintura de paisajes, "dónde lleva alguna ciencia directamente a dar vida y no, más bien, muerte y descomposión". Se da la circunstancia de que Carl Gustav Carus era médico, o sea un científico, que sin embargo adopta el lugar común expresado en el Fausto de su amigo Goethe: la vida como categoría opuesta al saber; la erudición como sucedáneo de la existencia. En cualquier caso, el supuesto irracionalismo de Feyeraben no apunta tanto a una zona externa a la lógica, como a la irracionalidad de algunos procedimientos científicos, en apariencia razonables. Esa es la empresa acometida, con manifiesta claridad en los primeros capítulos, con una terminología más ardua en los dedicados a Galileo y Bacon, en esta obra inconclusa, cuyo esbozo general es la Filosofía natural que ahora glosamos.
Ese es, por otra parte, el motivo de que Feyerabend aborde la mitología griega, y los mitos en general, para presentarlos como instrumentos válidos de conocimiento, aplicados a un diverso concepto del mundo (El universo como agregado en Homero). Se aplica, de este modo, a una suerte de Historia de las mentalidades, cuyos precedentes, como es sabido, son la Ciencia Nueva de Vico y la Filosofía de la Historia de Herder, pero también la vasta Historia cultural que principia en Hegel, en Burckhardt, Benedetto Croce y Eugenio d'Ors, y continúa en Bajtin, Foucault y Peter Burke. A esto cabe añadirle las categorías irracionales que comienzan a estudiarse con profusión en el Romanticismo (las leyendas, el folklore, Las brujas que Michelet analiza de modo admirable), y cuya continuación, siempre en el ámbito científico, fueron los estudios antropológicos de Frazer, Eliade, Malinowski y Lévi-Strauss, o ya en el ámbito puramente histórico, El miedo en Occidente de Delumeau, la Historia nocturna de Ginzburg o El hombre ante la muerte de Philippe Ariès.
Con esto quiere señalarse que la flexibilidad instrumental que propone Feyerabend no es sino continuación de una vasta rama científica, de un amplio campo cultural, en cuyos presupuestos se incluye la varia concepción del mundo que cada época encierra, y el diverso modo en que la lógica, la racionalidad, se ha aplicado en ellos. Esa es, al cabo, la evidencia que recoge, aplicada mayormente al saber científico, esta Filosofía natural de Feyerabend. Filosofía natural, por cuanto es la Naturaleza, su cambiante concepto, lo que aquí se elucida. No hace tanto que la Frenología de Gall y la "Nueva Escuela" de Lombroso diagnosticaban los impulsos criminales del ser humano basándose en la forma del cráneo y en los rasgos particulares de cada individuo. Conviene recordar que a eso, en su momento, también se le llamó ciencia.
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