La humildad de un gran bailaor sevillano
Rota por el dolor, pero con la lucidez que la caracteriza, la ya viuda Matilde Coral sentenciaba anoche en el tanatorio: "Rafael ha sido el gitano más humilde y el más querido de la historia".
Hablaba en primera persona -no en vano han llegado a celebrar, junto a sus tres hijos, sus Bodas de Oro- pero los que lo conocimos sabemos la gran verdad que encierran esas palabras.
Yo no he conocido la época gloriosa de este apreciado artista. A excepción de las últimas y espontáneas salidas a escena para acompañar a su esposa, lo vi bailar únicamente cuando ya se acercaba a los 60. Fue en la celebración del Día de Andalucía en la Expo 92. Aparte de su apostura, aún conservaba esa elegancia que tanto alabó doña Pilar López y esa manera, austera y sabrosa al mismo tiempo, de bailar las bulerías de Triana que pocos han podido igualar.
Sin embargo, a lo largo de estos últimos 13 años en que su esposa y su hija Rocío han desempeñado su magisterio en el Festival de Jerez -Festival en el que también milito- he tenido ocasión, si no de mantener largas charlas con él, pues un tumor en la garganta limitó hace años su expresión verbal para aumentar sin duda la de sus ojos, sí de tratarlo, de compartir algunas comidas y algunos ratos. Los suficientes para quedarme maravillada de la elegancia de su alma, de su educación (con mayúsculas), de su grandísima discreción y de su rara humildad. Una discreción y una humildad tan naturales, y a la vez inusuales en esta época, que no es extraño que todo el mundo del flamenco, ese extraño y complejo mundo en el que jamás he oído de él otra cosa que sinceros elogios, esté hoy realmente conmovido y acuda en masa a despedirlo y a rendirle merecido tributo. No ya al bailaor, que se nos fue hace mucho tiempo, sino al enorme ser humano que ha sido Rafael García Rodríguez El Negro.
Su familia y sus amigos en la vida y en el arte tienen hoy una cita, a las 10:30 de la mañana, en la iglesia de los Gitanos de esta ciudad para luego, cumplidos los ritos religiosos, dirigirse a las doce al cementerio sevillano.
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