José Méndez, el cante entregado

El cantaor jerezano afronta su madurez artística después de dar la vuelta al mundo con los mejores bailaores de su tiempo

José Méndez en una actuación reciente
José Méndez en una actuación reciente / Kana Kondo

Nos encontramos a la hora imprecisa de un desayuno tardío, y la tostada que pide José Méndez se cruza en la barra con las primeras cervezas del mediodía. José inaugura así una fría jornada invernal, tarde para la mayoría, temprano para los que curran de noche. Llega recién salido de la ducha, luciendo una camiseta con la cara de Camarón y saludando a la nutrida concurrencia. El escenario también es revelador: una cafetería de su barrio donde le conocen bien, en una zona de clase obrera, justo en la frontera con el centro de la ciudad, pero a salvo ya del barniz taxidérmico que segrega el turismo. Un reducto de pura vida, de autenticidad; allá donde se apagan los grandes focos, vive nuestro protagonista, un hombre discreto pero seguro de sí mismo. 

“¿Tú eres aficionado?", me pregunta meneando el colacao, para saber si vamos a poder hablar de cante o, en cambio, va a tener que adentrarse en los terrenos de la cháchara periodística. Así que me hago el listo y le menciono a su abuelo El Pili. Se le ilumina la cara y responde: “el mejor festero de Jerez”. Y es que con José Méndez es imposible no hablar de su familia. La genealogía es un arte no menor dentro del flamenco jerezano, y José traza dichoso las coordenadas de la dinastía de los Méndez: “quitando a mi tía Paquera, la mayoría no eran profesionales, se dedicaban todos al pescao, pero tos cantaban y bailaban que no veas”. ¿Sigue existiendo esa idiosincrasia bien diferenciada entre los dos barrios gitanos de Jerez? “Con una palma que den, te digo si son de Santiago o de San Miguel”. 

Sevilla me ha dado lo que no me ha dado Jerez

A esa bendita dualidad dedicó su primer disco, Entre dos barrios, al que sólo sigue El cante flamenco de José Méndez, un botín escaso para un hombre que lleva toda la vida cantando. “Yo me he dedicado más a cantar para el baile. He estado en las mejores compañías, le he dado la vuelta al mundo unas pocas de veces”. Ahora, a sus 58 años, parece disfrutar de las bondades del sedentarismo, instalado en una rutina de cantaor en tablaos, peñas y festivales, donde desgrana su arte para quien sabe apreciarlo… y vuelve a dormir a su casa. Un hogar que, desde hace catorce años, tiene en Sevilla. “A mí Sevilla me ha dado lo que no me ha dado Jerez”, declara con ese sinsabor de quienes no se sienten profetas en su tierra. “Cuando me mudé aquí parece que me viene a San Petersburgo, en Jerez no se acuerdan de mí para nada”. 

Me indigno al escucharle y lo catalogo de maestro. “Bueno, yo no sé si soy un maestro, eso igual es mucho decir” (se concentra en la tostada, se ajusta las gafitas, se le achica la voz), “lo que sí sé es que llevo toda la vida, y que en mi época no era artista cualquiera, ni siquiera en los tablaos”. Los tablaos. José ha pisado todos los importantes, en ese peregrinaje por los escalafones algo grises del flamenco en los que también ha creado escuela. Parece fácil, pero no lo es. Cuatro pases diarios, bailaores y bailaoras de todo pelaje, grandiosos y mediocres, a los que hay que cantarles con el mismo sentimiento. Trabajar en equipo, y triunfar como cantaor. “Últimamente hay más nivel, hay artistas que lo hacen muy bien; y que se sorprenden cuando pido que me suban el tono en la guitarra. Todavía tengo mucha fuerza”, apunta con una sonrisita pícara. En estos días está actuando en Los Gallos, y eso le alegra: “sigue siendo el templo del flamenco”. A esta altura de la conversación me sincero: tengo la sensación de que ha vivido más para el arte de los demás que para el suyo. José se quita importancia: “Simplemente creo que ahora estoy en un buen momento para grabar”. 

Pero esa labor no fue en vano: José le ha cantado a los grandes nombres del baile de su tiempo, que reclamaban su entrega y conocimiento. Le menciono, como en un rosario, algunas de las figuras a las que ha acompañado, y noto que el corazón se le enciende al recordar. Manuela Carrasco: “La señora del baile. La mejor, de ahora y de siempre”. Mario Maya: “Estuve seis años en su compañía. Una persona muy especial, muy completo, y aprendí mucho con él. Hicimos mucha amistad”. Güito: “Una personalidad arrolladora. Fíjate lo que me estás mentando: todos tenían un sello personal. Hablamos de los grandes maestros, y por desgracia nos van faltando la mayoría”. Antonio Canales: “Cantarle a Canales te transporta, más flamenco no lo hay, y lo quiero mucho, hablamos todos los días”. Cristina Hoyos: “Quince años trabajando juntos. He estado en los mejores teatros del mundo, y he ganado mucho dinero, hasta un millón de pesetas al mes. Nos recibían en las embajadas… Cristina me despierta un cariño especial”. Por último, Farruco: “Sólo trabajé una vez con él y me dejó una huella imborrable, simplemente con su presencia, no me salía la voz. Imponía mucho, pero luego era una persona con un corazón enorme”. 

La tostada se ha enfriado. Apago la grabadora y nos quedamos un rato más charlando (Manolo Caracol, Japón...). Espontáneamente, como dos buenos currelas, nos contamos qué nos queda por hacer en el día. Yo me vuelvo a casa a escribir, él se va a descansar, el primer pase del tablao es temprano. Quiero que esta pieza me quede bien. Digamos entregarme, como se entrega José.

stats