Una lección de maneras clásicas de cuatro maestros del baile
Milagros Menjíbar, Ana María Bueno, José Galván y Manolo Marín defienden su legado en 'Bailando una vida', hoy en el Maestranza. "Se está perdiendo la esencia", lamentan los artistas.
Recuerda Milagros Menjíbar (Sevilla, 1952) una anécdota que le ocurrió tras una actuación en El Patio Andaluz, cuando ella andaba en la veintena y tenía "una fuerza impresionante". En el camerino, un visitante le pidió si podía ver su bata de cola, una petición a la que la trianera accedió. Aquel hombre investigó la prenda, con minuciosidad, entre los volantes, hasta que cuestionó intrigado: "¿Pero este traje no tiene un hilo desde el que usted tira para que la cola se levante?". Aquel tipo no sospechaba que aquellos movimientos, el excepcional control de la bata de cola de Menjíbar, se debían a la fiereza y la gracia de la intérprete y no a un mero truco.
Han transcurrido cuatro décadas de aquello, y Menjíbar ya carece de las mismas energías, "la fuerza se va", pero, a cambio, con el tiempo afloran "una sabiduría y un saber estar en los escenarios que antes no tenías". Del poso que deja el tiempo y del legado que ella ha defendido hablará hoy su cuerpo y el de los tres compañeros que la acompañan en escena, maestros que vivieron una época dorada del baile. Menjíbar, José Galván, Manolo Marín y Ana María Bueno interpretan en el Maestranza, a las 20:30, Bailando una vida, un espectáculo que dirige Rubén Olmo y que promete ser una celebración de las viejas maneras de entender el arte flamenco.
"Hoy las bailaoras tienen más fuerza en los pies que los hombres y se están olvidando de mover los brazos con delicadeza, algo que muchos hombres hacen hoy mejor. En nuestra época era muy distinto: el hombre encarnaba lo varonil, la mujer la sensualidad. Se está perdiendo la esencia", analiza Galván, que ha ejercido su magisterio en la ciudad durante décadas y que hoy lleva con humildad ser el padre de dos de los bailaores más reputados del momento, Israel y Pastora. "Estoy contentísimo de que sean más que yo", dice.
Aunque Bailando una vida no tiene argumento, en la interpretación de los cuatro maestros se vislumbrará el rico pasado que poseen. Como Menjíbar, Galván rememoró ayer un capítulo de su vida, un golpe de suerte decisivo por el que pudo consagrarse a su oficio: una vez que bailó en la Feria de Abril con ropa de calle. "Un señor me preguntó que por qué no llevaba traje de flamenco, y yo le respondí que en mi casa no había posibilidades. Entonces aquel hombre me dio una tarjeta y me comentó que al día siguiente me pasara por la dirección que estaba escrita, en la calle Pimienta. Mi madre intentó convencerme de que no fuera, pensando que aquel hombre estaría mareado con el vino y no se acordaría de esa propuesta. Pero yo fui con mi hermana y nos vistió de arriba a abajo. Ese hombre era Guillermo McLean, embajador de Bolivia, y gracias a su ropa pude competir en galas juveniles y pude ser artista".
Como Galván, Manolo Marín (Sevilla, 1936) ha ejercido una poderosa influencia en las generaciones que le sucedían gracias a la docencia. Él fue autodidacta y aprendió siendo un niño mirando por la ventana de la academia de Enrique el Cojo. "Él me gritaba que me marchara, que le quitaba el aire", evoca. "Años después, supe que admiraba mi forma de bailar, que le decía a sus alumnos: Aquí uno pega una pataíta y se cree Nijinsky, pero lo que hace este chaval es bueno", cuenta Marín. Bailando una vida supondrá su regreso a los escenarios tras mucho tiempo centrado en la enseñanza, un retiro que sólo ha roto en alguna aparición esporádica con su querida María Pagés. "Los últimos 30 años de mi vida me he dedicado a dar clases. Y en el estudio te puedes parar, pero en un escenario no", afirma el veterano,que sabe que "ese Maestranza tan grande no es algo que ocurre todos los días. Yo tengo mucho temperamento y tendré que medirme. El arte es impredecible. Hay momentos en los que bailas y te sientes el más alto y el más guapo, y otros en los que te quieres meter en un agujero. ¿Que si pensaré en alguien? No, porque mientras se baila no piensas en nada ni nadie".
Ana María Bueno (Sevilla, 1955) sí cita a algunos nombres de los que se acordará esta noche, "personas que ya no están" pero permanecen en su memoria: su maestra Pilar López, Curro Vélez, El Güito, Alejandro Vega, Mario Maya. Esta representante de la Escuela Sevillana de Baile lamenta que la juventud "copie mucho lo que gusta, y eso es un error. A menudo fusión es confusión. Tiene que haber de todo, pero si no se cuidan las raíces pocos árboles vamos a ver".
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