El legado de las vanguardias
La influencia de esta manera de entender el arte se palpa en la exposición de Pepe Barragán y en la muestra de Birimbao
Las vanguardias artísticas pasaron. Aquella larga indagación del arte llevada a cabo a lo largo de cien años -de Courbet al surrealismo- acabó su ejecutoria en los años sesenta del pasado siglo. Su legado, sin embargo, está ahí y sigue impulsando la reflexión y el quehacer de muchos autores. Es el caso, por ejemplo, de Pepe Barragán que estudia los hallazgos de aquel arte objetivo que cultivaron entre otros los constructivistas rusos y se prolongó en los años cincuenta por muchos artistas, como los llamados cinéticos. Barragán ha elaborado una larga serie de lienzos que reúnen dos características de esos autores: por un lado, la indagación espacial y por otro el movimiento.
Los cuadros, en efecto, están construidos superponiendo dos rectángulos que no llegan a coincidir entre sí. Generan de este modo trapecios de diversos tamaños que sugieren los movimientos de una hélice en torno al centro, generalmente un pequeño cuadrado que a veces reúne las diagonales de las dos formas superpuestas con lo que la sensación de movimiento es mayor.
Algunos cuadros se elaboran con aquéllos que Mondrian llamó no-colores: blancos, grises y negros, pero la mayor parte de ellos se han hecho con colores puros, aplicados con exactitud. De esta forma aumenta la claridad y el dinamismo de las construcciones y evita la propensión al decorativismo, dada la densidad de los pigmentos: sin duda es pintura lo que tenemos ante los ojos. Algo que puede advertirse por la variedad blancos y grises que alternan con las tintas puras y las subrayan. Tal vez no se trate de una obra especialmente original, pero es una reflexión sobre espacios, geometrías y movimiento cuyo resultado, más allá del atractivo visual, es riguroso.
Algo similar ocurre con la exposición que reúne en la galería Birimbao bodegones de diversos autores andaluces desde Pérez Aguilera a Cristóbal Quintero (Pilas, Sevilla, 1974) y Javier Martín (El Viso del Alcor, Sevilla, 1979). El bodegón es evidentemente un género tradicional pero, como sugiere Norman Bryson en un conocido estudio, las vanguardias lo transforman. Es difícil que el pintor moderno busque, como Sánchez Cotán, elevar al cuadro aquellos objetos que nadie suele mirar o que enfatize alternativamente la moderación o la riqueza unida al exotismo, como hicieron los holandeses en esa misma época. El bodegón en la modernidad puede ser y lo es frecuentemente una reflexión sobre la la fuerza de los objetos, pero también permite una reflexión sobre el mismo hecho de pintar.
A excepción del silencioso trabajo de Joaquín Sáenz (Sevilla, 1931), atento sobre todo a la presencia y densidad del objeto, creo que la mayor parte de la obra expuesta en Birimbao obedece a la segunda posibilidad. Así el cuadro de Juan Romero (Sevilla, 1932) es un compendio de las diversas modalidades del cubismo, enmarcando con los registros habituales de su pintura. En la obra de Diego Ruiz Cortés (La Puebla de Cazalla, sevilla, 1930) confluye un doble ascetismo: el de sus primeras obras y la presencia de la geometría en los escuetos volúmenes de los jarros. El trabajo de Pérez Aguilera señala también una frontera: tanto los reflejos del florero como las flores mismas podrían considerarse formas de su manera personal de concebir la abstracción. La pieza de Paco Cortijo (Sevilla, 1936-Madrid, 1996) evoca la obra de Zurbarán pero con el sello de la pincelada enérgica de su autor.
Otros autores han preferido el camino de la estilización. Merece destacarse el trabajo de Concha Ybarra (Sevilla, 1957): conecta formas muy simplificadas del bodegón y el paisaje para lograr un trabajo en el que línea, color y textura colaboran eficazmente. Francisco Peinado (Málaga, 1941) prefiere optar por la ironía con una descomunal gamba que parece dispuesta a manejar la propia plancha en la que debería reposar.
Hablemos, por fin, de los trabajos de los dos autores más jóvenes. Javier Martín amplía el significado de la naturaleza muerta y sus obras se limitan a volúmenes de piedras olvidadas que tal vez fueran empleadas en algún momento como instrumentos elementales. Cristóbal Quintero, que hace poco celebró una interesante exposición en Madrid, convierte el bodegón en el germen de una historia: una extraña excursión al campo que el espectador deberá completar o imaginar. Son formas, si se quiere, heterodoxas pero también sugerentes.
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