Manolo García y la épica del Polígono

MANOLO GARCÍA | Crítica

El músico despidió en el Auditorio Fibes su Gira de Teatros con un concierto que enlazó pasado y presente, recogiendo restos emocionales, derrotas y verdades desnudas para transformarlas en una celebración colectiva

Las fotos del concierto de Manolo García

Manolo García en Fibes
Manolo García en Fibes / José Ángel García

Manolo García ponía punto final anoche en el Auditorio Fibes a su Gira de Teatros 2025-26. Han sido dieciséis conciertos de los más emotivos y personales de su carrera reciente, un diálogo constante entre pasado y presente que, en Sevilla, encontró otro gran momento íntimo y rotundo. Un cierre con algo de ceremonia nocturna, de última recogida, cuando solo quedan los que saben mirar el suelo y escuchar lo que cruje bajo los pasos.

Manolo apareció acompañado de ocho músicos que, a lo largo de más de dos horas y media, colorearon cada canción con matices distintos, pero siempre sinceros, como si cada uno aportara su propio hallazgo rescatado del camino. Ricardo Marín, el director musical a quien por aquí conocemos desde que empezó a crearse un nombre teloneando a B.B. King junto a Raimundo Amador, desgranó figuras acústicas y eléctricas de sus guitarras con una elegancia serena; Sara García y Albert Serrano tejieron contrapuntos con las suyas, delicados o vigorosos según se necesitasen, o pequeños solos perfectos, en Lloraré la primera y en Lustre y lumbre el segundo; Josete Ordoñez aportó aires mediterráneos con la mandola y la guitarra española, mientras que Íñigo Goldaracena marcó el pulso vital desde el bajo. La batería sutil de Charly Sardà, las texturas rítmicas y de teclados de Juan Carlos García, sempiterno compañero de Manolo desde los tiempos de El Último de la Fila, y los arcos cálidos del violín de Olvido Lanza redondearon un sonido que fue mucho más que acompañamiento.

Manolo García respaldado por Charly Sardà, Olvido Lanza y Josete Ordóñez
Manolo García respaldado por Charly Sardà, Olvido Lanza y Josete Ordóñez / José Ángel García

El concierto se estructuró sobre un sustrato muy claro: alternar canciones del último disco, Drapaires poligoneros, con un repaso profundo a Arena en los bolsillos, el disco que marcó el inicio de su carrera en solitario. No era solo un juego cronológico, sino una declaración de principios. El Manolo de hoy dialogaba con el de entonces como lo haría un trapero —que eso es un drapaire— con su propia vida, recogiendo lo que nadie quiso, lo que quedó arrinconado, resignificando la derrota, convirtiendo la miseria —emocional, social, urbana— en épica compartida. Ahí es donde algunos nos reconocimos más. Porque yo también soy poligonero de toda la vida —llegué a las casitas del Polígono de San Pablo en 1962, imaginen ustedes— y sé que de esos descampados salen canciones, miradas y una forma de estar en el mundo.

Así fueron llegando temas nuevos como Subí con la dama, una balada perfecta, un ascenso íntimo y elegante, cargado de la melancolía luminosa que Manolo maneja sin subrayarla, o Fuego fatuo, una canción crepuscular, un resplandor hermoso y engañoso; parecen piezas luminosas, pero tienen letras que rozan lo introspectivo y lo social, iluminaciones encontradas a la luz de una farola. Y cuando llegó el turno de los clásicos, la sala vibró de verdad. Pájaros de barro y A San Fernando un ratito a pie y otro caminando desplegaron sus compases como una invitación a caminar juntos por recuerdos compartidos, los de quienes aprendieron a cantar estas canciones cuando aún no sabían poner nombre a lo que les dolía. Las dos las trajo con arreglos que las extendían en el tiempo, metiendo en ellas antes del ataque de la estrofa final unos maravillosos solos de guitarra, acústicos en la primera, por parte de Josete y eléctricos en la segunda, de manos de Marín primero y de Serrano después. Mientras cantaba Pájaros de barro, Manolo se bajó del escenario por segunda vez —lo había hecho antes en Carbón y ramas secas— para pasear entre el público por los pasillos de la platea en loor de multitud. Zapatero ya había elevado el tono prácticamente al principio —fue la segunda canción— con una guitarra incisiva y una línea vocal que envolvió a todo el recinto con una intensidad que no entiende de edades ni de géneros.

Manolo García
Manolo García / José Ángel García

Palabras mínimas pero sentidas fue intercalando Manolo entre las canciones, agradeciendo al público su entrega. A los gritos de ¡Manolo, Manolo! respondió que no los quería, que esto no era cosa de una persona, no era cosa de él, que todos nos necesitábamos para hacerlo. Él tiene esa facultad tan especial de hacernos vivir cada tema como si fuera una conversación a media luz con alguien que nos conoce de verdad. Hay en su figura algo del personaje del trapero, del caminante solitario que observa, recoge metáforas ajadas, frases rotas, derrotas ajenas, y las devuelve transformadas en canción. Eso se sintió en cada verso, desde los que hablaban de identidad —Nada es fácil aquí; solo tienes tu voz…— hasta los que se adentraban en territorios más líricos y personales, donde la melancolía no es ninguna pose, sino una forma ética de estar en el mundo.

Hubo momentos en los que los músicos bajaron la intensidad, como en Recuerdo vertical, dejando respirar la letra y permitiendo que los arcos del violín se extendieran como una brisa suave. En Un nudo gordiano, en cambio, tensaron el espacio emocional con una guitarra eléctrica que dialogaba con la percusión en un intercambio cercano a la meditación, enfrentándose sin adornos a la verdad, por incómoda que resulte —¿Qué hacer, qué hacer?— . Esa verdad que quienes venimos de barrios periféricos sabemos reconocer de inmediato, porque la hemos visto demasiadas veces.

Manolo García con uno de los múltiples regalos que recibió del público
Manolo García con uno de los múltiples regalos que recibió del público / José Ángel García

El público respondió con coros espontáneos y aplausos casi tras cada estribillo, reconociendo tanto lo que ya sabía de memoria como las nuevas canciones que ahora pasan a formar parte de su propia biografía. Y cuando llegaron los bises, el grupo regresó para rematar la velada con piezas que encendieron las ovaciones. El carácter festivo y emocional de estas últimas, Somos levedad, con unas estrofas incrustadas del Cantares machadiano, Nunca el tiempo es perdido, Un giro teatral, Un poco de amor, ahora sí con un largo y magnífico solo de Sara al borde del escenario, Viernes, Insurrección, se sintió como un abrazo musical, colectivo y generoso, propio de quienes han compartido muchas noches, muchos inviernos y alguna que otra derrota. Manolo no tenía ninguna prisa por irse. Yo tampoco. Pero el concierto merecía un mejor final que la pachanga verbenera que siguió, con las rancheras de Volver y El rey, de la que incluso olvidó la letra mientras la cantaba, algo que el propio Manolo pareció entender; por eso, para la despedida final, regresó a Pájaros de barro, ahora de forma más relajada que la primera vez.

Los espectadores, que llenamos totalmente el auditorio, fuimos abandonándolo con la sensación de que Manolo García había construido, con cada frase y cada silencio, una atmósfera de complicidad memorable. Como un drapaire urbano, melancólico y casi heroico, fue capaz de recoger los restos del tiempo, de la memoria y de la pobreza sentimental para transformarlos en una épica cotidiana. Una celebración común en la que las canciones hablaron directamente al corazón de un público que compartió noche y latido hasta el último acorde.

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