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musicAeterna | Crítica

Y Currentzis amansó a las fieras

Currentzis dirige a sus trompetas y timbales

Currentzis dirige a sus trompetas y timbales / Lolo Vasco (Teatro de la Maestranza)

Comenzaba la segunda parte del esperadísimo concierto de este martes en el Maestranza cuando, tras una Música fúnebre masónica fuera de programa, se oscureció la gran sala sinfónica para que una pequeña capilla masculina del gran coro entonase, a modo de introducción del de Mozart, el canto gregoriano del Requiem. Con ese sorprendente golpe teatral, que demoraba (otra vez) lo que todos esperaban, Currentzis no solo logró aumentar la expectativa íntima de cada espectador, sino un milagro mucho mayor: acallar las fieras toses del Maestranza, que desaparecieron como por ensalmo para el resto del concierto.

Era la cuarta espera (víspera expectante, primera parte a modo de actuación de teloneros, música masónica, gregoriano) pero mereció la pena. Muchísimo ha llovido desde aquellas míticas (y místicas, e incluso mixtificadoras) grabaciones de este Requiem de mediados del siglo XX, pero se diría que la obra se hace nueva para cada generación. Tras aquellos mastodónticos pero brumosos registros sinfónicos, el movimiento historicista se tomó como tarea la restauración de la obra (como la del resto del gran repertorio barroco y clásico): básicamente, la limpieza del polvo y las adherencias acumuladas por la tradición romántica que impedían ver (mejor, oír) con claridad los detalles del original mozartiano. No siempre contaron con los medios adecuados: si Harnoncourt fregaba con el estropajo de su Concentus Musicus, técnicamente aún crudo, los ingleses, muy a su modo, frotaban delicadamente el lienzo con un suave algodón, pasando por alto detalles que quedaban todavía ocultos.

El controvertido director greco-ruso Teodor Currentzis viajó a la dura Siberia a fabricarse su propia herramienta, y a fe que ha logrado con su coro y orquesta musicAeterna un instrumento de limpieza preciso y al tiempo tajante, como un bisturí. Con una enorme capacidad analítica, Currentzis estudia cada pequeño detalle de la partitura y le saca lustre usando la magnífica capacidad técnica de su orquesta y, más si cabe, de su coro; nada inventa: su alta expresividad se pone siempre al servicio de las intenciones del compositor, y sus contrastes, a veces brutales al punto de susurrarte y de inmediato lanzarte el texto a la cara, siempre se justifican en lograr que el pathos de cada compás alcance al espectador con transparencia y sin embargo (¿o gracias a esa claridad?) conmovedora emoción. Y así sucedió, entre mil ejemplos, en un inolvidable Lacrimosa o en el poderoso y luego tierno Rex Tremendae.

El trabajo de director, coro y orquesta no debe hacernos olvidar las prestaciones de los solistas. Maravilloso estuvo Tikhomirov, uno de esos bajos que uno solo imagina (y es el caso) nacidos a orillas del Volga; de muy bello timbre y grandes recursos el tenor Semenkov, el contratenor Nemzer tuvo alguna tirantez puntual pero mostró un poderío inusual en su cuerda. Sveshnikova tardó en calentar pero se desquitó con un espléndido Benedictus.

La pianofortista Olga Pashchenko, de impoluta limpieza e igualdad, logró borrar con su Beethoven de propina los sinsabores provocados por las toses, que llegaron a acallar el delicado sonido de su Walter (aun este levemente amplificado) en el inicio del segundo movimiento de un bello concierto nº 24. Así conste.

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