Cultura

La primera transición política de España

  • El profesor Manuel Moreno Alonso explora la Sevilla de 1809 y reivindica el papel protagonista de la ciudad en el nacimiento de la nueva nación española

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La Junta Central, constituida en Aranjuez en 1808 y trasladada a Sevilla en diciembre de aquel mismo año, ha pasado a la historia de España como responsable del hundimiento de la nación, después de que la derrota de Ocaña dejase el campo expedito para el avance definitivo del ejército de Napoleón. La penosa huida de sus miembros hacia Cádiz el 23 de enero de 1810 habría sido, según este cuadro tradicional, el desenlace final de la debilidad de un gobierno que fue incapaz de sujetar a intrigantes y conspiradores, ni de tranquilizar la creciente inquietud del pueblo.

El gran mérito de El nacimiento de una nación. Sevilla, 1808-1810. La capital de una nación en guerra, el nuevo libro (editado por Cátedra) del profesor Manuel Moreno Alonso, reconocida autoridad en la materia, consiste en ofrecer una interpretación distinta de estos acontecimientos, invirtiendo los términos de la explicación tradicional y recuperando para el organismo director, establecido en Sevilla en 1809, el protagonismo que tuvo en las decisiones de gobierno durante un año crítico en la vida de los españoles, coyuntura vital en el diseño constitucional que obrarán las Cortes de Cádiz.

Es una opción valiente que viene a contrapesar la corriente que ha dominado la historiografía sobre la Guerra de la Independencia en los últimos años en la que ha prevalecido el análisis de las dinámicas de poder local para explicar los levantamientos populares y la formación de las juntas provinciales que se arrogaron la condición de soberanas en un contexto global de vacío de poder. Sin negar estos presupuestos, el doctor Moreno Alonso apuesta, sin embargo, por recuperar el hilo de una historia política de vocación integradora en el trienio 1808-1810. Postulando la existencia de un sujeto colectivo que no sólo sobrevivió en medio de la guerra, sino que quiso construir una vida política (al menos éste fue el sentir de los hombres más juiciosos) dotándose de leyes y normas, sin romper con la monarquía, ni mucho menos con la religión, pero superando el despotismo ministerial que tanto daño había hecho al país en la última década.

Sevilla, capital de la España libre, fue el escenario de este desafío, desde el punto que la Junta Central se estableció en el Alcázar y comenzó a poner en marcha lo que supuso, a todas luces, un programa reformador. Hubo un proyecto, hombres con capacidad de llevarlo a cabo y una voluntad de atribuirse la representación de la nación como demuestra el despliegue de una política internacional, que dirigida desde el máximo organismo de gobierno, buscó alianzas con los enemigos de Francia. Martín de Garay, su todopoderoso Secretario, es una figura a redescubrir. Moreno lo exonera de la culpa histórica que recayó sobre él por su posterior aquiescencia con Fernando VII, demostrando que fue el impulsor del proyecto de convocatoria de Cortes, en el que participó su amigo Manuel José Quintana, además de un estadista de gran talla que imprimió al gobierno sevillano una actividad frenética en circunstancias muy difíciles. Junto a él brillan con luz propia el presidente de la Junta Suprema, don Francisco de Saavedra, el intendente del ejército de Aragón, don Lorenzo Calvo de Rozas, y en los últimos meses, don José Joaquín de Mariátegui, al frente de Hacienda. Todos ellos encaminaron sus esfuerzos hacia la esperada reunión de unas Cortes que deseaban, aunque con matices distintos, "adaptadas a las luces del siglo". Lord Holland fue testigo privilegiado de los debates suscitados en torno a la representación que debía tener el futuro parlamento, aportando su experiencia inglesa al prudente Jovellanos que siempre fue partidario de reconstruir el Estado desde la tradición de las leyes antiguas. El profesor Moreno Alonso recurre con frecuencia a esta valiosa correspondencia, como también a los papeles del fondo Saavedra, custodiados en la Cartuja de Granada, para enriquecer con la mirada personal de los protagonistas, la documentación emanada de la propia Junta Central, evacuada in extremis de Sevilla y que, depositada hoy en el Archivo Histórico Nacional, constituye la base fundamental de su trabajo.

No se entendería del todo, sin embargo, la transición política que se fragua desde Sevilla, sin tener en cuenta el papel que jugó la prensa, vocero y hacedor de opinión. Asimilada a otros dos conceptos, el de pueblo y el de voluntad general, la opinión pública formará el trípode del pensamiento más rompedor, el que proclaman los jóvenes Quintana o Toreno y que Blanco defenderá desde las páginas del Semanario Patriótico. Un bullir de ideas que no tardará en concretarse en facciones y grupos políticos organizados que tendrán lógica continuidad en las décadas posteriores.

Con el libro de Manuel Moreno Alonso, España recupera una parte sustantiva de su historia, pilotada por la Junta Central, en los años posteriores a la batalla de Bailén. Un tiempo corto pero de gran intensidad que fue vivero de experiencias y anclaje de un pensamiento renovador (desmantelador del Antiguo Régimen) que una parte de la historiografía reciente tiende a diluir, discutiendo la propia existencia de una revolución liberal en España. Y todo ello sobre el paisaje inédito de la Sevilla de 1809, ciudad que ha carecido hasta ahora de una iconografía propia del primer liberalismo político (sus lugares, personajes y circunstancias) y que ahora puede reivindicarla con justicia.

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