"Cuando no me sienta como un adolescente, ese día acabará todo"
Jordi Sánchez. Cantante y compositor de OBK
El veterano grupo catalán de 'techno-pop', ya con un solo integrante, llega este viernes al Estadio de la Cartuja junto a Nacha Pop y Danza Invisible.
En febrero del año pasado, más de dos décadas después del inicio de una carrera -más allá de otras posibles consideraciones- bastante singular especialmente en el contexto del pop español de entonces, Miguel Arjona anunció que dejaba OBK. Él era el hombre tras los teclados pero no el compositor, sino el autor de la mayoría de las letras. La otra mitad del dúo, Jordi Sánchez, nacido en 1968 en Málaga pero criado en Sant Felíu de Llobregat, cantante y principal responsable del sonido del grupo, decidió seguir adelante y estos días ultima el primer disco tras el abandono de su socio de toda la vida, un trabajo que saldrá a la venta después del verano, cuenta en conversación telefónica desde su estudio casero, donde se encuentra "puliendo todos los detallitos" con Sergi Pérez Berk, colaborador habitual de la banda que comenzó hacerse de oro a principios de los 90, cuando techno-pop se escribía todavía sin hache.
"No habrá ningún cambio brusco", dice Sánchez para disipar posibles temores de sus seguidores, junto a los cuales, afirma, vive "una ilusión colectiva". "Va a ser un disco cien por cien OBK y para mí eso significa algo bueno, no algo malo. Además, justo con este álbum me he dado cuenta de que realmente hay una personalidad, una trayectoria ahí, que es muy difícil de cambiar. Están saliendo cosas que no había hecho antes, claro, pero sobre todo en aspectos de producción, de sonido. Ahora, que la emoción, eh, eso sigue siendo marca de la casa", dice el cantante y ya único miembro oficial del proyecto, aunque para sus conciertos, como el que ofrecerá este viernes en el Estadio de la Cartuja, compartiendo cartel con otros dos nombres veteranos (Nacha Pop y Danza Invible), lleva consigo a un grupo de músicos de apoyo.
"Y además -añade-, que el cambio no ha sido tan grande en realidad". Habla, claro, de la marcha de su antiguo compañero, que en contra de lo que dijo este mismo en un primer momento, y como por otro lado era más que previsible -esta clase de películas, en una u otra versión, se ha visto ya mil veces-, no fue, al parecer, precisamente irreprochable. "Él hacía las letras, pero yo también aportaba algunas. Ahora he tenido que hacer más letras que nunca, pero aparte de eso todo lo demás sigue exactamente igual: yo siempre me he encargado de la composición, de la voz y de las tareas de producción. Y la verdad es que las cosas, cuando acaban, pues acaban mal. Uno algunas veces idealiza y piensa que cuando hay una separación no necesariamente ha de haber problemas. Bueno, no fue el caso, pero somos gente civilizada. Incluso nos vemos de vez en cuando, y bien. Desde luego no fue el final deseado, ni por él ni por mí, pero así es la vida, hay que tomar las cosas como vienen. Con el tiempo todo llega y todo pasa, y ya está".
Para conocer los temas del nuevo disco, advierte, habrá que esperar todavía un poco. El repertorio con el que OBK llega a Sevilla es, por así decir, el de siempre. El del álbum recopilatorio -con "temas replanteados" y una producción puesta al día, algo así como un proceso de lifting sonoro- que publicó la multinacional Warner Music hace año y medio, 2OBK: Nuevos singles 1991-2011. Una maniobra habitual, si no de manual, en momentos de zozobra como el que entonces vivía la banda, que aprovechó además la ocasión para celebrar el vigésimo aniversario de su despegue espectacular, propulsado por singles como Oculta realidad y sobre todo Historias de amor. Con el tiempo llegarían más, El cielo no entiende, La princesa de mis sueños, Tú sigue así o Lucifer, canciones que "ahí han quedado".
Donde ahí significa, para el cantante y compositor de OBK (llamado así por el tema Oberkorn de Depeche Mode), memoria colectiva, imaginario sonoro de un tiempo. "Teníamos toda la ingenuidad de cualquier grupo de adolescentes que graban demos en su casa y sueñan con que alguien, algún día, se interese por lo que hacen", recuerda Jordi Sánchez sobre los comienzos del grupo, que en 1989 -cuando nació como tal, aunque el primer disco, Llámalo sueño, llegaría dos años después- tuvo que desenvolverse en un panorama nacional en el que la electrónica, aunque presente mucho antes en proyectos hoy de culto, era aún prácticamente una excentricidad en las propuestas de pop de vocación mayoritaria o incluso masiva. "De alguna manera -defiende- aportamos en aquella época algo diferente al pop nacional".
Admirador irredento de Umberto Tozzi -con el que se permitió el lujo sentimental de grabar el tema Falsa moral para ese último recopilatorio-, de "los cantautores italianos en general, porque me encantaba y me sigue encantando esa melancolía tan suya", y también de Mecano, así como de la formidable ola de grupos synth-pop y new wave británicos de los 80 como Yazoo, Erasure, OMD y por supuesto Depeche Mode, Sánchez comenzó por imitarlos, hasta que se convirtió en algo más que un juego: "Empecé a tocar piano y vi que tenía un don para hacer mis cancioncillas. Y haciendo y haciendo, probando y probando, esa mezcla de fe y convicción dio sus frutos".
Tantos, que desde el principio pudo vivir, y de forma holgada, únicamente de la música. "Soy un privilegiado y lo sé", dice. "He tenido una vida maravillosa. Pero también he trabajado muchísimo. OBK es mi vida, no me limito a poner la cara o a cantar y ya, no. Todo el proceso OBK es mi vida, ahí pongo mi corazón, para mí sigue siendo muy emocionante. Aunque tenga ya 45 años, lo digo de verdad, me sigo sintiendo como un adolescente, como el chaval de 15 o 16 que tocaba el piano y se decía: coño, esto está guay. El día que pierda eso, esto se acaba del todo. Pero aún lo sigo sintiendo".
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