Sometimiento, violencia y liberación

La compañía noruega Carte Blanche triunfa en el Festival Internacional de Danza de Itálica con dos representaciones de su 'Sovaco de cobra', una oscura y envolvente metáfora de la brutalidad del sistema

La compañía Carte Blanche en el Teatro Romano de Santiponce / Manu Suá

La ficha

Bailarines: Adrian Bartczak, Brecht Bovijin, Caroline Eckly, Dawid Lorenc, Gaspard Schmitt, Ihseen de Banya, Mai Lisa Guinoo, Nadge Kubwayo, Noam Eidelman Shatil Dirección, Coreografía, Vestuario, y Dirección musical: Lander Patrick Dramaturgia: Jonas Lopes Iluminación: Rui Daniel Directora Artística: Anabelle Bonnery

Fecha: 21/06/25 Lugar: Teatro Romano de Itálica Aforo: Media entrada

Convenientemente divididos entre el bando negro y el blanco, no casualmente sobre una tarima ajedrezada y bajo la atenta mirada de una cebra y un tigre albino de cartón -dos animales en blanco y negro-, los nueve bailarines de la Compañía Nacional Noruega de Danza Contemporánea Carte Blanche ofrecieron dos representaciones de Sovaco de Cobra, una obra dirigida por el luso Lander Patrick, dentro de la programación del Festival Internacional de Danza de Itálica.

Remotamente inspirada en el libro de Eduardo GaleanoLas venas Abiertas de América Latina, la función extrapola las dinámicas del colonialismo -explotación, alineamiento, el uso despiadado del poder religioso- para trazar un oscuro y absorbente retrato de las tenebrosas fuerzas que modelan la sociedad, la actual y la primigenia, porque Sovaco de Cobra acude a lo que los humanos tenemos de animal, de rebaño, con sus bailarines dibujando continuamente movimientos propios de los primates que somos. Ello, unido al coro de sonidos guturales regados por toda la obra, nos devuelve a un estado involutivo, donde los miedos más viscerales conviven con una violencia ejercida por pistolas de agua y el capricho de un ídolo de plástico.

Un drama cargado de referencias y significaciones que se agolpan sobre una escenografía sencilla pero efectiva, con un cuerpo de baile poderoso y preciso, que trasmitió al graderío del Teatro Romano cada vibración muscular, cada pestañeo. Patrick apenas deja resquicios para el humor, que se expresa en un slapstick que haría las delicias de Keaton y el mejor Chaplin, y acumula también momentos distópicos, como la inquietante aparición de un pingüino gigante, un semidiós que parece haberse crecido después de escapar de algún inquietante filme de Alfred Hitchcock.

La música es siempre incisiva, quizás la capa más trasparente de una propuesta que se vuelve densa a base de referencias y motivos, asfixiante a tramos por la intensidad de las escenas, en las que queda perfectamente expresado cómo se ejerce un poder opresivo; pero también, como puerta a la esperanza, cómo podemos deshacernos de nuestros verdugos y bailar libres. "Esta noche voy a cazar un pez gordo" es el coro que actúa de moraleja a esta invitación al rearme moral. Y eso se cantó con la careta de Putin y Trump en el escenario.

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