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Sergio del Molino. Escritor

"El talento cuenta, pero al final se escribe por la conciencia del dolor"

  • El autor publica 'Lo que a nadie le importa', una indagación en la historia de su familia con la España triste y asustada de la posguerra de fondo.

Sergio del Molino tenía entonces 17 años y le gustaba fingirse cosmopolita y moderno porque conocía Francia. Allí, en el cámping de todos los veranos, su nuevo abuelo, el padre de la pareja de su madre, hablaba jovial, con orgullo, sin parar, de su militancia en la Resistencia: vivía "en el lado bonito de los libros de texto". Al adolescente que era en aquella época esa actitud le desconcertaba porque él venía de otra cosa, de una familia del "silencio español, de la vergüenza, del déjalo estar". El paradigma de todo esto fue siempre su abuelo, un hombre que nació en un villorrio aragonés de mala muerte, que combatió en la Guerra Civil en el bando nacional -en el que, mucho más que elegirlo, le tocó caer-, que se pasó luego los años leyendo libros más bien malos y poco rigurosos sobre las horribles batallas que le secaron el carácter, vendiendo paños y tejidos de primera calidad a las señoras en El Corte Inglés de Preciados y alejando de sí a los demás con su silencio áspero. Pero cuando habló... A los 82 años, en su mismo lecho de muerte, el abuelo de Sergio del Molino "alcanzó la gloria literaria con doce palabras justas": "Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos". Se las dijo, "con una voz que guardaba fríos de otros siglos", a la mujer con la que había estado toda la vida, a la abuela del muchacho que contempló la escena estupefacto y que muchos años después pensó que esas décadas de rencor encerradas en unas pocas sílabas daban para "varias novelas rusas". De momento han dado para una, pero rusa no, sino muy española, un retrato de familia con país gris, manso, terrible, asustado y cruel al fondo. Se llama Lo que a nadie le importa, la acaba de publicar Mondadori y es el regreso del autor tras La hora violeta, algo así como su Mortal y rosa, la durísima y catártica historia de la muerte de su hijo Pablo.

-¿Conoce o entiende mejor a su familia después de este libro?

-Me conozco un poco mejor a mí mismo, pero a mi familia no lo sé. Es extraño, cuanto más indagas en los personajes, más extraños se te vuelven. Pero sí me ha quitado la condescendencia con la que solemos mirar los nietos y los hijos a nuestros padres y abuelos.

-Pregunta inevitable: ¿qué cree que habría pensado su abuelo de haber podido leer el libro?

-Creo que no le habría gustado la imagen que se proyecta de él. Llegó un momento en que dejó de interesarse por sí mismo... Pero creo que me lo habría perdonado, que no me habría afeado el gesto. Habría suspirado y ya está...

-Su retrato no es nada complaciente, ni con su familia ni con el país. ¿Qué fue lo más difícil para usted al escribirlo?

-Que no se me fuera de las manos. Porque es una historia de familia, una búsqueda íntima mía, la conversación que nunca pude tener con mi abuelo, pero a la vez es la historia de un país vista desde mi punto de vista radicalmente subjetivo. No es una historia de España ni tampoco es la refutación de un escritor de la labor de los historiadores, pero sí que hay una apelación al país. Y eso fue lo más difícil, porque esa historia mínima y gris de un dependiente de El Corte Inglés se podría haber derivado por unos raíles existencialistas y ahistóricos, pero yo quería engarzarla dentro de la historia del país.

-Da la impresión de que La hora violeta, al margen de lo que implicó para usted íntimamente, marcó también un giro en su concepción de la literatura, tanto ese libro como éste son muy diferentes al primero que publicó...

-Totalmente. Para mí este libro es una consecuencia lógica tras La hora violeta. Me llevó por un camino que yo no había sospechado y que me hace pensar que claro que importa el talento, el oficio, todo eso... pero que al final lo fundamental, lo que te lleva a hacer literatura, es un dolor, una conciencia del dolor o de lo trágico. Y eso sólo se adquiere con la vida. Mi forma de entender el mundo ha cambiado completamente y eso ha moldeado también mi voz, sí.

-¿Qué ocurre con la ficción, de la que tan cansado parece últimamente todo el mundo?

-Yo pensaba que sólo me pasaba a mí, pero me he dado cuenta de que le pasa a muchos. Cuando llevas ya muchos años leyendo los artefactos novelescos te fatigan porque eres capaz de preverlos, ¿no? Si te has leído 500 novelas negras, te las has leído todas, ya no hay forma humana de sorprender. Esa ficción que fabula o que se dedica a hacer juegos intelectuales muy sofisticados y esas cosas ha entrado en una vía muerta, yo creo que sí... El lector está cansado de los artefactos y busca una voz, que creo que es lo que busca el lector literario, una voz al otro lado, y las convenciones literarias son barreras que impiden oír claramente esa voz aunque se concibieran en un primer momento como amplificadores de esa voz. Pienso que la novela en primera persona está recuperando algo básico que el siglo XX estuvo a punto de echar a perder: el reconocimiento emocional. Porque uno no lee un libro para hacer jueguecitos de palabras, ¿no?, esto no va de hacer palíndromos.

-¿Cuánta oscuridad de la España de su abuelo pervive hoy?

-Muy poquita. Queda la crueldad, porque España ha sido siempre un país bastante cruel. Pero nos hemos civilizado un montón. Y precisamente por esa distancia ahora aquello nos suena exótico, incluso inverosímil. Si acaso queda una actitud, pero muy diluida ya, de sumisión, de mansedumbre. Conservamos el idioma y el paisaje y poco más, realmente.

-Usted mismo, en el libro, se revuelve un poco contra esa imagen exótica o folclórica que suaviza algo que no fue suave...

-La reacción cultural que ha habido ante el franquismo ha sido generalmente humorística y caricaturesca. Berlanga y Azcona, por ejemplo... Sus películas, que por otro lado son maravillosas, constituyen el canon: son sainetes, operetas, muestrarios de seres absolutamente ridículos, y así desactivaban el miedo que generaba esa gente, y esa es la función del humor: desactivar miedos. Y está muy bien eso. Pero pasado el tiempo nos ha quedado una imagen falseada, como si aquello hubiera sido mucho más suave de lo que realmente fue, y no: fue un régimen de una crueldad tremenda y con rasgos sanguinarios y desalmados. Las caricaturas, cuando cuajan, pueden tener ese efecto perverso...

-¿Qué literatura sobre la guerra y la posguerra le interesa?

-Yo aclaro que aunque hable de la guerra y la posguerra éste no es un libro sobre eso. Aunque eso lo tiene que decidir cada cual. Dicho esto, no me interesa especialmente la que se ha escrito en democracia, no me interesa ese relato, esas novelas que vienen a justificar a posteriori un determinado discurso no tienen nada que ver con la búsqueda que a mí me interesa de las raíces familiares y de cómo se rompen las cosas. Me interesa mucho Artura Barea, La forja de un rebelde. Hay novelas de derechas que están proscritas, hay una de un señor muy cruel, muy fascista y muy cabrón, Agustín de Foxá, pero que escribió una de las mejores que se han escrito sobre la guerra, Madrid de corte a checa: novelón. Me interesan los relatos que superan el maniqueísmo, y eso sólo se puede conseguir, creo yo, desde la propia experiencia, desde la perspectiva testimonial.

-Ese elemento es crucial en sus libros. ¿Herencia también de su formación como periodista?

-El periodismo me ha dejado un poso evidente, aunque a mí al principio me costó verlo. Ya lo he asumido: fue mi apendizaje, de ahí vengo. No soy un escritor fabulador porque no puedo serlo: me acostumbré a oler y palpar las cosas, tengo que establecer una relación con ellas antes de convertirlas en literatura, y eso tiene que ver con mi mirada de cronista.

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