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Una tragedia proustiana

Cartas a Camondo | Crítica

Después de 'La liebre con ojos de ámbar', Edmund de Waal publica en Acantilado sus 'Cartas a Camondo', donde consigna el rastro de una familia de financieros y coleccionistas, a través de los objetos de su museo, el museo parisino Nissim de Camondo

El escritor y ceramista británico Edmund de Waal (Nottingham, 1964)
Manuel Gregorio González

08 de octubre 2023 - 06:00

La ficha

Cartas a Camondo. Edmund de Waal. Trad. Marta Marfany. Acantilado. Barcelona, 2023. 202 págs. 18 €

Una acotación de Montesquieu a sus Cartas persas quizá nos sirva como indicación, como breviario, de cuanto el lector puede esperar de un libro de correspondencia. En las reflexiones con que abre su epistolario oriental, el barón de la Brède señalaba que en este tipo de obras, “en las que los actores no son elegidos y los temas de que tratan no dependen de ningún proyecto o plan preconcebido, el autor se permite la ventaja de poder añadir filosofía, política y moral a una novela, y de ligar el todo mediante una cadena secreta y, en cierto modo, desconocida”. Estas Cartas a Camondo de De Waal sí parecen haber escogido a sus actores; y también poseen un plan preconcebido, de tenue e incierta consistencia. Se trataría de reconstruir un aroma, una idea de confort, una cálida expresión del mundo que, en breve tiempo, se convertirá en un miedo fugitivo. Todo está dispuesto, sin embargo, con un fingido desorden, que quiere simular la perentoriedad y la urgencia de la vida. Una vida, en este caso, la del conde Moïse de Camondo, que se extinguió hace ya casi un siglo, en noviembre de 1935.

El mundo que se encierra en estas páginas es el que va desde Renoir a los bruñidos automóviles de Lempika

El lector quizá recuerde el anterior libro de De Waal, La liebre con ojos de ámbar. Entonces, al igual que ahora, se procuraba restablecer el espectro de una familia prominente, los Ephrussi, originarios de Odesa, que alcanzarían una destacada posición como banqueros en el París fin de siglo. Ese mismo periodo -incluso esa misma calle donde viven los Ephrussi, la calle Monceau- es el que De Waal rehabilita aquí para otra familia, emparentada con la suya, los Camondo de Constantinopla, cuya riqueza le permitiría reunir, en las décadas que preceden a la segunda guerra mundial, una importante colección de arte, hoy visitable en el Museo Nissim de Camondo, en el número 63 de la citada calle. El mundo que se encierra en estas páginas es, pues, aquel que va desde Renoir a los bruñidos automóviles de Lempika; pero también, y acaso con mayor exactitud, aquel que alcanza desde el caso Dreyfus al angustiado final de Walter Benjamin. Entonces, para hablar de los Ephrussi, recordábamos el vasto y deleznable influjo de Los protocolos de los sabios del Sion -obra nacida en la Rusia zarista- en el imaginario europeo, y el alcance que tendría en el antisemitismo de primeros del XX. En estas Cartas a Camondo, cartas apócrifas, leves, respetuosas, escritas con una emocionada extratemporalidad, que busca eludir -o no- el cerco de la muerte, son ya Drumondt y Céline quienes personifican esta forma, pavorosamente hostil, de sevicia.

También asomará Proust por estas páginas, puesto que Proust fue un glosador -y resumen él mismo- de ese gran mundo parisino en el que gentiles y judíos, como los Camondo, formaron un complejo retablo, no necesariamente crepuscular, en el que el arte y el coleccionismo tuvieron algo de prestigio lúdico y algo de cautelosa exploración de la interioridad del tiempo, orillado en viejas piezas venerables. Añadido a lo cual, se halla la doble condición de Proust como judío asimilado y dreyfusista, asunto que el escritor tratará en abundancia en su En busca..., y que no hace sino destacar un hecho de superior importancia, surgido con la Revolución, que Arendt recordaría en La tradición oculta: la concesión de la ciudadanía a los judíos franceses. De Waal, por su parte, recordará otro suceso, de enorme significación, venido también con la violencia revolucionaria: la predación y el saqueo artístico que Napoleón llevará a su ápice, y del que nacerá un lucrativo mercado de arte continental, del que se surtirá, un siglo después, el propio conde Moïse.

Paradójicamente, es esta predación napoleónica la que imitará, en el siglo siguiente, Adolf Hitler, cuando se apropie del arte cuidadosamente coleccionado por los Ephrussi y los Camondo; y en suma, por la gran burguesía asimilada que brilla, con la vitalidad de lo nuevo, de lo sofisticado y misterioso, en las páginas de Marcel Proust. El arte como botín de guerra imperial, en el que se aducía el carácter extranjero de sus víctimas. No otra es, suponemos, la razón de que el museo de los Camondo lleve el nombre de su hijo Nissim, piloto del ejército Francés, muerto en combate en 1917.

Mal de archivo

Derrida hacía su acostumbrado juego paradoxal, señalando dos males de la modernidad, expresados con los mismos términos: el mal de archivo, la vertiginosa apetencia del acopio, y el archivo del mal, la suicida colección de pruebas con que se documentaron los grandes crímenes del XX. Benjamin, oportunamente citado en estas páginas, recuerda otra virtud de la archivística que De Waal trae a sus páginas como homenaje, como definición, en realidad, del escrupuloso orden físico y documental con el que se dirige el museo Camondo. Según De Waal, el conde Moïse de Camondo ha urdido minuciosamente este museo para honrar -en puridad para convocar, para preservar- la memoria de su padre y la ausencia de su hijo, muerto en el campo del honor. En tal sentido, el museo sería una prueba suntuosa, irrefutable de patriotismo, exhibida contra los antisemitas. Pero es también un mausoleo vivo, doméstico, de hermosura impar, donde sus huéspedes acaban de ausentarse. El museo atesora, entonces, tanto el rastro humano de un fantasma, como la refinada expresión de una hora ida, que se fija y se conserva mediante un estricto vacío. Todo lo cual exige, al cabo, una desesperada confianza en la perdurabilidad del mundo.

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