Un tránsito hacia "lo que somos todos"

Carlos Montaño reúne en la Casa de la Provincia una serie de dibujos y esculturas fruto de una larga etapa de búsqueda interior y de reflexión sobre la creación artística

Carlos Montaño, ante el conjunto de esculturas que forma parte de la exposición de la Casa de la Provincia.
Carlos Montaño, ante el conjunto de esculturas que forma parte de la exposición de la Casa de la Provincia.
F. Camero Sevilla

03 de mayo 2016 - 05:00

Tres piezas reciben al visitante nada más acceder al espacio donde se muestran los últimos trabajos de Carlos Montaño. De frente, una escultura de presencia tan sencilla como imponente, una figura humana tallada en madera de tilo que sostiene y aprieta una granada, un elemento recurrente que fascina al artista por su cualidad matérica y su apariencia casi escultórica, pero también por los significados que ímplicitamente porta (es un símbolo de fecundidad, a la vez que un fruto indispensable en los ajuares funerarios de algunas culturas); ante la figura, un cubo de grafito que se alza callada y enigmáticamente, concebido por el artista como una suerte de "célula madre donde están todas las líneas de todos los dibujos posibles"; y al fondo, en la pared, al final de la invisible línea recta que une a la talla y al bloque de grafito, un dibujo en el que ambos elementos están contenidos. Estas tres obras vienen a condensar el sentido de los trabajos que muestra el pintor y escultor en la exposición El conflicto del objeto o la memoria de Dios hasta el 5 de junio en la Casa de la Provincia.

La muestra recoge 14 esculturas en bronce y escayola y 30 monotipos realizados mediante diversas técnicas (grabado, acuarela, grafito y tintas...), y todas las obras sin excepción son el fruto de una larga y profunda reflexión sobre la esencia del dibujo, o lo que es lo mismo: sobre la creación artística en sí misma, porque el dibujo, "al fin y al cabo, es de donde sale todo", dice Montaño (Sevilla, 1956): "Durante una década, desde el 82, mi idea de trabajo estuvo centrada fuertemente en la pintura. Pero empecé a disponer en los lienzos distintos objetos, como si fueran pequeñas esculturas. Y así empecé a ahondar en las diferentes técnicas, entendidas como herramientas necesarias para conseguir expresarme con más precisión, con más libertad. Cuando me venía una idea, la veía ya en dos dimensiones, y me la llevaba a la pintura, o en tres, y le daba forma de escultura, mientras que el dibujo lo tenía muy asociado a mi intimidad. Pero esta vez -explica- sucede al revés, y por eso esta exposición es tan importante para mí: ahora presento el dibujo no como acompañante de, no como vehículo de nada sino como fin en sí mismo. Es decir, como obra definitiva".

En esos dibujos hay presencias que, como variaciones, saltan de uno a otro, figuras humanas -un saltimbanqui-, objetos simbólicos -un tentempié- a los que el artista da el mismo tratamiento iconográfico que le reservaría a un "ídolo antiguo" y que podrían ilustrar la melancólica y serena búsqueda de "equilibrio" interior que subyace en todas las obras; manos, cabezas y puertas que se abren o se cierran dentro de aquéllas; fuentes de Duchamp -los famosos urinarios- y perros que ejercen de testigos de ese objeto que irrumpió en la Historia del Arte como conflicto, y a la vez sirven como recurso para adensar el austero espacio cromático; y los propios elementos conflictivos de Montaño, en este caso peanas. Esculturas -y peanas- que, en estrecho diálogo con estos dibujos, se alzan en el centro de la sala, componiendo un conjunto poderoso y magnético.

En las esculturas, las figuras se han emancipado de las habituales peanas, que disgustan a Montaño. "Eso, para un mueble bar. O para poner un Oscar, el que lo tenga", dice. "La esculturas siempre han formado parte de algo, de un entorno en el que se han ubicado con armonía, aunque no aquí en Sevilla precisamente, dicho sea de paso... Por eso estas esculturas están sobre placas, en un espacio propio, y aunque no están sobre peanas, se relacionan con ellas de algún modo, propiciando un juego más o menos narrativo. Siempre planteo las esculturas en dos partes: la una llega a la otra, o bien se enfrentan. Son como historias en tres dimensiones", dice sobre este conjunto donde abundan, de nuevo, cabezas -a veces en racimos, como frutos-, granadas o escaleras, elementos que insuflan un potente soplo metafísico a las figuras que caminan junto a ellas.

"El otro día alguien me dijo: es que aquí sólo has representado a hombres. Y no. Aquí hay representado un hombre, que son todos. Además, no me gusta trabajar con modelos: me distraen. Al final, estas figuras son una especie de comodín; son, todas, esa cosa que somos todos. Por eso las figuras aparecen encaminadas, se dirigen a algún sitio, pero no me interesa a dónde van, sino el hecho de que están en tránsito", dice Montaño, que ha preferido no titular casi ninguna pieza para no "meter ruido". "Poner un nombre lleva inevitablemente a la pregunta de esto qué significa. Y mi deseo no es ese, sino conseguir que las piezas estén imantadas de algo, y que a partir de ahí cada uno medite y sienta a su modo. Yo creo que el arte, sobre todo, es útil. Puesto que es lo que nos hace humanos, desde el mismo momento en el que al primer ser humano se le entierra y se le pone en ese trozo de tierra un distintivo personal. De modo que a fin de cuentas aspiro a llegar a la gente, a conectarla con esa parte espiritual que tenemos todos".

stats