Alejandro Bustamante & Tommaso Cogato | Crítica Un tributo romántico a la amistad

Alejandro Bustamante y Tommaso Cogato en su concierto del Alcázar Alejandro Bustamante y Tommaso Cogato en su concierto del Alcázar

Alejandro Bustamante y Tommaso Cogato en su concierto del Alcázar / Actidea

Clara Schumann y Pauline Viardot se conocieron y congeniaron. Una de las virtuosas del piano más reconocidas de su tiempo y una de las cantantes más célebres de todo el siglo romántico. Como compositoras, su música se mueve dentro de los parámetros de las creaciones de salón, tan típicas del XIX. El sonido cálido y redondo del violín de Alejandro Bustamante y el elegantísimo piano de Tommaso Cogato hicieron maravillas con ella. 

En Viardot alternaron piezas de sustancia esencialmente melódica con otras de clara impronta rítmica. Música bien hecha, sin pretensiones trascendentes, interpretada en un diálogo fluido entre los dos instrumentistas, con esa ligereza de las cosas sencillas pero auténticas, con fraseo bien articulado y una apreciable transparencia: todo se escuchó, admirablemente matizado. Algo que puede extenderse a las tres piezas de Clara Schumann, que Alberto Martos tocó la semana pasada en este mismo ciclo en una adaptación para violonchelo. En su versión original, las romanzas sonaron más airosas, con un lirismo apoyado tanto en la belleza del sonido de Bustamante, especialmente sugerente en el tono aterciopelado de su registro grave, como en el acompañamiento refinadísimo de Cogato.

La segunda parte del concierto estuvo reservada a una obra muy especial, el tributo que Robert Schumann quiso rendir a su amigo el gran violinista Joseph Joachim, ofreciéndole a la vuelta de una de sus giras de conciertos una sonata escrita en colaboración con dos de sus más diestros alumnos, el hoy olvidado Albert Dietrich y el gran Johannes Brahms. La Sonata F. A. E. (acrónimo del lema de Joachim: "Frei, aber Einsam"; esto es, "Libre, pero solo") es obra que rara vez se interpreta completa, acaso porque el movimiento de apertura de Dietrich resulta formalmente impecable, pero es excesivamente largo en relación a los otros, lo que desequilibra la sonata, y bastante poco inspirado. Como Schumann incorporó los dos movimientos propios a su 3ª Sonata para violín y el Scherzo de Brahms sí suele tocarse de forma independiente con relativa frecuencia, la F. A. E. es hoy una auténtica rareza. Una rareza abigarrada, que exige de los intérpretes mayores dosis de virtuosismo y notable flexibilidad para pasar del poderío sonoro del Allegro inicial a la breve ensoñación del Intermezzo, la torrencial y briosa brillantez característica del Brahms juvenil y la densa y ardiente, incluso un punto estrafalaria, escritura schumanniana del Finale. Bustamante y Cogato cumplieron con una interpretación equilibrada y clara, con las pasiones bien controladas, tanto el delirio otoñal como los ardores juveniles.

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