Crítica de Cine (SEFF 2017)

El último verano

David Verdaguer, Natalia Tena y Oona Chaplin en una escena del filme de Marques-Marcet. David Verdaguer, Natalia Tena y Oona Chaplin en una escena del filme de Marques-Marcet.

David Verdaguer, Natalia Tena y Oona Chaplin en una escena del filme de Marques-Marcet.

El segundo largo de Carlos Marques-Marcet tras 10.000 Km. sigue apostando por esa fórmula del cine indie transnacional que busca sus esencias en una cierta condición nómada y multicultural y en un acercamiento a las cuitas sentimentales de una generación de treintañeros urbanitas que el cineasta catalán parece conocer de primera mano.

De la tensión entre cercanía y distancia y la crónica del desamor de aquella primera película, pasamos ahora a las variaciones sentimentales y anímicas entre un curioso trío de personajes algo excéntricos en un Londres de canales y casas-barco en movimiento. La metáfora del desplazamiento y la deriva se apunta así desde un primer momento, una metáfora sobre esos últimos coletazos de la vida libre, de la juventud, en definitiva, que tiene como opuesto esa tierra firme de las decisiones importantes, el compromiso o el adiós al horizonte único del yo que apunta el título del filme.

Nuestra singular pareja de lesbianas en plena crisis de maternidad (Oona Chaplin y Natalia Tena) y nuestro entrañable españolito semental y hipster (Verdaguer) conforman así una actualización posmoderna de Jules y Jim para estos tiempos de trabajos precarios, miedos e inseguridades, suegras adorables (Geraldine Chaplin) y poderosas llamadas de la naturaleza.

Marques-Marcet sigue confiando en sus intérpretes, en su complicidad y capacidad de improvisación, y por eso mismo también lo hace en el plano largo y sostenido, en una apuesta por el tiempo de la escena antes que por el montaje. El resultado, una dramedia generacional y zigzagueante para esta época de diversidad vistosa y asimilada, funciona en su oscilación tonal que descarga tensiones cuando la cosa apunta a demasiado seria y se pone lo suficientemente seria cuando podría devenir caricaturesca. Con todo, y más allá de la empatía por sus criaturas imperfectas (e incluso irritantes), se aprecia un cierto desfallecimiento en el último tercio del filme, en ese salto temporal y esa coda a la que se le nota demasiado que busca el eco circular con el prólogo.

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