Crítica de cine (SEFF 2017)

Los últimos de Tartessos

Uno de los rostros que recoge Manuel Muñoz Rivas en su película.

Doñana como espacio mítico, como última frontera del hombre, como territorio sin tiempo. Así aparece este espacio natural en El mar nos mira de lejos, debut en el formato largo del sevillano Manuel Muñoz, montador y guionista de algunos títulos esenciales del último otro cine español como Arraianos, Slimane o Dead Slow Ahead, que pasó por la sección Forum de la pasada Berlinale.

Se trata aquí de una aproximación lírica al paisaje, los elementos y los rostros, a los usos y costumbres de los últimos pobladores solitarios de las dunas, a un tiempo propio, unas formas vivas y unos flujos de la memoria en los que se solapan la historia y la leyenda. Y Muñoz prefiere la leyenda: una voz en off nos habla de Tartessos, de la llegada de arqueólogos y navegantes, mientras contemplamos, porque se trata aquí de contemplar y escuchar (el mar y el viento), la rutina de aislamiento y supervivencia de esos hombres de rostros curtidos, vidas difíciles y acento cerrado que han decidido refugiarse en ese rincón del mundo, al acecho de los autobuses de la Junta y las visitas guiadas, de los inspectores que amenazan con echarlos de sus casetas, de los peregrinos del Rocío que hacen noche al calor de una hoguera.

Hay aquí esbozos de esa narrativa mínima, de esa micro-ficción tan al gusto de cierto documental contemporáneo, y tal vez un plus de preciosismo de nueva generación en las imágenes de Mauro Herce: esa no-pareja de jóvenes que coquetean entre las ruinas y la civilización, esa materialización fantasmal de las arquitecturas del veraneo extinguido que emergen para recordarnos la afrenta moderna a un territorio mítico. La dispersión de ideas y trazos acecha a la solidez del conjunto, y esos torrentes de arena que resbalan por la ladera de las dunas se convierten en metáfora del propio filme.

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