El vals infinito de Maurice Jarre
La colección 'Écoutez le cinéma' celebra su décimo aniversario con una espléndida caja con cuatro CD dedicada a la música de cine del gran compositor francés
Le Cinéma de Maurice Jarre. Écoutez le cinéma. Universal France. 4 CD + libreto 28 págs. 39,95 euros.
Maurice Jarre (Lyon, 1924-Los Ángeles, 2009) ocupa ya un lugar de privilegio en la Historia del cine. Sus temas para Lawrence de Arabia o Doctor Zhivago forman parte del legado cinéfilo y de la memoria popular del siglo XX tanto o más que las imágenes, las estrellas y la escala épica de los filmes de David Lean.
Un año después de su muerte, y gracias a la labor de Stéphane Lerouge, impulsor de la colección Écoutez le cinéma que desde hace una década viene sacando a la luz en magníficas ediciones buena parte del archivo musical del cine francés de la segunda mitad del siglo XX, nos llega esta imprescindible caja que recopila no sólo sus temas más conocidos, sino una generosísima selección de su música para el cine desde finales de los años 50, fecha de sus primeros trabajos para Georges Franju (Los ojos sin rostro, La cabeza contra la pared), hasta sus últimas bandas sonoras en la década de los 90, en la que el compositor siguió alternando su vertiente sinfónica con la experimentación electrónica iniciada junto a Peter Weir (El año que vivimos peligrosamente) o Adrian Lyne (La escalera de Jacob).
Un repertorio de casi cinco horas de música que recupera material inédito (Topaz, The Mackintosh Man, El Cóndor), bandas sonoras rechazadas (Jennifer 8, El río salvaje), música para televisión y publicidad, un par de canciones interpretadas por Jeanne Moreau (con letra del Nobel Harold Pinter) y Ella Fitzgerald y varios documentos sonoros de sesiones de trabajo con Hitchcock, Lean y Huston.
Su experiencia en el Théâtre National Populaire (TNP) de Jean Vilar y el cine francés de los 50 fue el perfecto campo de pruebas para dar forma al sello Jarre, un estilo basado en combinaciones orquestales insólitas a partir de los timbres de algunos de sus instrumentos favoritos -el banjo, el clavicordio, el piano mecánico o las ondas Martenot- y también de otros procedentes de los rincones más lejanos y exóticos del planeta, fruto de su interés por la etnomusicología desde los días en el Conservatorio de París; un estilo fuertemente asentado en impredecibles y quebradizos ritmos de vals (cómo olvidar el de Arde París) que podían llegar a ser tan hermosos como obsesivos; un estilo que daba especial importancia a la percusión, consecuencia de su formación como percusionista de orquesta.
El éxito de Lawrence de Arabia, que le reportaría el primero de sus tres Oscar (los siguientes vendrían con Doctor Zhivago y Pasaje a la India), lo llevó a instalarse definitivamente en Hollywood, donde trabajó junto a autores de peso como Wyler (El coleccionista), Hitchcock (Topaz), Huston (El hombre que pudo reinar), Kazan (El último magnate) o Eastwood (Firefox) y donde se adaptó sin dificultades a la política de los géneros, insuflando un soplo de aire fresco y originalidad incluso en aquellos que, como el western, más presos del estereotipo estaban: Los profesionales, ¡Villa cabalga!, Posse o El juez de la horca dan fe de ello.
Ya fuera en Hollywood, donde encontró cada vez más dificultades para trabajar con regularidad a partir de su incomprendida conversión electrónica, o en sus puntuales regresos europeos -para colaborar con Visconti (La caída de los dioses), Schlondorff (El tambor de hojalata) o Berlanga (Tamaño natural)-, Jarre mantendrá siempre su inconfundible sello, sus sinuosas y pregnantes melodías, sus cuidadas e insólitas orquestaciones, preservando un universo armónico poco convencional y echando por tierra inercias críticas que lo asociaban exclusivamente a una sonoridad épica con una peculiar capacidad para el intimismo. Títulos como Thérèse Desqueyroux, Grand-Prix, El hombre de Kiev, Sol rojo, El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, Jesús de Nazaret, Mandingo, La hija de Ryan, El león del desierto, Mad Max, Único testigo, Moon over Parador, Ghost, El Club de los poetas muertos o Gorilas en la niebla, todos ellos representados en esta caja, atestiguan en su riqueza de matices e inspiración una de las carreras musicales más ambiciosas y singulares de la historia del cine.
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