La vida como problema
Duomo publica una monumental biografía de John Cheever, el llamado Chejov de los barrios residenciales y uno de los grandes narradores norteamericanos del siglo XX
No es que no fuera conocido, pero la proyección última de John Cheever en España le debe mucho al novelista argentino Rodrigo Fresán, que ha prologado y anotado en las reediciones de Emecé, publicadas a lo largo de la última década, todas sus novelas, una estupenda antología de los relatos -La geometría del amor (2002)- y el imprescindible volumen de sus Diarios (2004), muchos de cuyos pasajes, incluidos los más escabrosos, resuenan en las páginas de esta nueva y voluminosa biografía, que merece el habitual calificativo de definitiva. Publicada el año pasado en los Estados Unidos y galardonada con el prestigioso National Book Critics Circle Award, la obra fue recibida por los incondicionales de Cheever con grandes y justificados elogios. Habría que dar la enhorabuena a los editores de Duomo por la rapidez con la que han preparado la versión castellana, aunque no tanto o no en absoluto por la pobre factura material del libro, tan desastrada como el jersey que luce el escritor en la cubierta.
Aunque sólo hubiera publicado el extraordinario relato El nadador (1963), famosamente adaptado a la pantalla en un filme protagonizado por Burt Lancaster, Cheever, que dio a conocer la mayoría de sus cuentos en The New Yorker y durante mucho tiempo fue considerado un mero escritor de revistas, merecería un lugar de honor en la historia de la narrativa norteamericana. Pero como es sabido escribió no uno sino varias decenas de ellos, casi todos extraordinarios, reunidos en el volumen de Collected Stories -Relatos (2006)- y antes en otra célebre recopilación -The stories of John Cheever- que supuso su tardía consagración como uno de los grandes escritores contemporáneos de América. Al contrario que sus antecesores, Blake Bailey (Oklahoma, 1963) ha contado con la colaboración de la familia de Cheever, que le ha permitido acceder a cartas, páginas no publicadas de los diarios y numerosa información inédita, hasta ahora vetada a los investigadores.
Tal vez el biógrafo, que incorpora valiosísimos testimonios de amigos, colegas, alumnos o familiares, pone un excesivo énfasis en el recuento de las numerosas debilidades del escritor -ya conocidas por los mencionados Diarios, donde Cheever tuvo la honestidad de confesarse sin tapujos-, pero su trabajo es excelente y, aunque deja un regusto amargo, resulta de obligada lectura para los admiradores del norteamericano. Cheever se sentía un impostor en todos los órdenes, respecto a la clase a la que pertenecía, respecto a la aparente condición de modélico padre de familia, respecto a una identidad sexual problemática que sólo acabó de asumir hacia el final de su vida. Las relaciones de amor y odio con su mujer e hijos, los turbios lazos que le unían a su hermano, la ebriedad, el fingimiento, la insatisfacción, muchos de los aspectos de la personalidad de este gran artista ofrecen perfiles sórdidos, pero cabe preguntarse, ya decimos, no por la legitimidad de las pesquisas, sino por la utilidad real -más allá del morbo que ello pueda despertar- de fisgar en las vidas ajenas hasta encontrar la última sábana sucia.
Dejando al margen las continuas infidelidades y el severo alcoholismo que sufrió el escritor durante la mayor parte de su vida, en esta biografía nos enteramos de datos curiosos como el hecho de que Cheever ocupó la misma casa en la que había residido Richard Yates, el autor -asimismo biografiado por Bailey- de Revolutionary Road, otro lúcido cronista de las clases medias del medio siglo. También de los pormenores de la larga, estrecha y tormentosa relación con William Maxwell, el mítico editor -y también escritor, véanse las tres novelas no hace mucho rescatadas por Asteroide- de la mencionada revista neoyorquina. O de la rivalidad y los celos con John Updike, discípulo aventajado de Cheever y autor de su elogio fúnebre.
Por encima de sus contradicciones, Cheever nunca dejó de creer en los principios que le habría gustado encarnar, citados expresamente al final de uno de sus relatos magistrales, Una visión del mundo: "¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad! ¡Sabiduría! ¡Belleza!". Esta es una precisión importante, porque si no hubiera creído en ellos, habríamos podido pensar que el escritor fue un hombre mezquino. En el impresionante prólogo que su hijo antepuso a la edición de los Diarios, Benjamin Cheever escribía: "Un espíritu simple dirá que la esencia de su problema era la bisexualidad, pero no es así. Tampoco lo era el alcoholismo. Asumió su bisexualidad. Dejó la bebida. Pero la vida seguía siendo un problema". Al margen de sus debilidades personales, la obra de Cheever es un prodigio de sutileza en el que los lectores podemos enfrentar, maravillados, el íntimo desasosiego que caracteriza la vida de cualquiera.
'Cheever: una vida'. Blake Bailey. Trad. Ramón de España. Duomo Ediciones. Barcelona, 2010. 888 páginas. 42 euros.
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