Dos voces para el futuro

El Flamenco Festival de Londres reúne el arte de Lela Soto y Ángeles Toledano en una velada que enuncia el futuro del cante

Ángeles Toledano.
Ángeles Toledano. / Ione Saizar

La valentía por parte del Flamenco Festival de programar recitales solo de cante y guitarra no solamente obtiene el beneplácito del público londinense, que aprecia la radicalidad de la propuesta; sino que, además, y de forma algo inesperada, nos ha permitido asistir en el Lilian Baylis Studio -tan lejos del centro gravitacional del flamenco- a una jornada que expresó mucho de lo que puede marcar el cante en los próximos años.

Con el lanzamiento de sus álbumes debut, la jerezana Lela Soto y la jienense Ángeles Toledano emprenden un camino propio marcado por profundas diferencias, pero emparejados en su calidad y clara ambición: convertir el cante en una propuesta personal, que inaugure nuevas formas de expresión jonda alimentándose tanto lo ancestral como de lo rabiosamente actual.

El fuego que llevo dentro se titula el disco de Soto, un homenaje a su familia, un árbol genealógico que es la envidia de los que nacimos huérfanos de arte. La saga de los Sordera de Jerez es una de las más prolíficas y creativas del flamenco, pues, cuando el maestro Manuel Soto "Sordera" dejó el barrio de Santiago para trasaldarse a Madrid, propició sin proponérselo el nacimiento de un nuevo flamenco: sus hijos gestaron Ketama junto a la familia Carmona y Ray Heredia, quien además, también era tío de Lela. Naturalmente, ella -la primera mujer profesional de la saga, como recordó anoche- bebe de esa doble tradición, que fluye en su cante como dos corrientes entrelazadas. Los tangos De tanto rezarle al santo son una buena muestra de lo que decimos. Atesoran esa voz rajada, gitana y valiente, de compás bendecido por su tierra, y también un sentido melódico marca de la casa, que endulza el cante hasta arrimarlo a la canción, como dejó sentir también en la soleá compuesta por su tío Sorderita.

En los tientos, como en las bulerías o la malagueña de inicio, Soto expuso unas cualidades vocales que en la cercanía que propicia esta sala nos envuelven hasta hipnotizarnos. La afinación, el virtuosismo rítmico, los agudos de vértigo, la intuición para quejarse. Todo ello confluyó en un momento sublime, cuando interpretó bulerías por soleá. Con la guitarrra de Rubén Martínez, la jerezana agarró este cante por la crin y lo domó hasta dejarnos saciados de flamenco. Ya saben, esa doble sensación de riesgo y control, de felicidad y dolor, de calma y vértigo que sugiere siempre el cante grande.

Lela Soto.
Lela Soto. / Ione Saizar

Por su parte, Ángeles Toledano presentó varios de los temas de Sangre nueva, el disco donde la dualidad es también la tónica, pero de un tipo muy diferente. Hay en su música algo de cándido y punk a la par, de campestre y urbano, de muy antiguo y muy nuevo. Al igual que Lela, subió al escenario de blanco, pero con un vestido a medio camino entre de novia y un traje de flamenca de los años ochenta, lleno de volantes excesivos. No es un detalle insignificante, resume la mirada irónica, pero también entrañable con que Toledano mira a la tradición, hasta convertirla en un artilugio con el que ella juega a ser niña y mujer. Sus videos apuntan en esa dirección. En los estrictamente musical, la jienense se aupó a la guitarra de un soberbio Benito Bernal -ritmo, armonía, volúmenes y arreglos surgidos como de una continua inspiración- para interpretar un crescendo emocional. Arrancó casi susurrando la cartagenera, para luego ligar los cantes por soleá con maestría, hasta alcanzar la primera bulería ya con el público embobado.

Toledano tiene una voz natural, muy reconocible. Se muestra en el escenario con un desparpajo y desprendimiento que la hermanan con las estrellas del pop actuales. Como introducción a las alegrías sacó su móvil y compartió un vídeo de sus amigas presentándola. Maneja los códigos musicales y sociales de una nueva generación, y se dirige a ellos con un material clásico -por toná o seguiriya, también por fandangos o la seguidilla alosnera- y funciona, entre otras cosas por unas letras que ha compuesto pensando en cómo se expresa una mujer joven, librándose de remiendos.

A mitad del recital, se quedó sola en el escenario y se acompañó a sí misma con una mesa de sonido lanzándose una rugosa capa de sintetizadores, loops y programaciones sobre las que desgranó Araora, uno de los singles de su disco. El ejemplo perfecto para constatar que el cante incorpora ya sin remedio nuevos intrumentos, formatos e intenciones, sin desviarse apenas de su forma canónica. Tan poderoso es el flamenco, tan talentosas son estas dos mujeres.

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