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Aunque de una forma burda, en economía el riesgo se mide, en plazos largos, por la desviación respecto a lo normal; y en Bolsa una acción tiene más riesgo cuanto más sube o baja con respecto a su índice. Como algunas acciones, el tiempo se vuelve cada vez más volátil, y la frecuencia de las desviaciones respecto a las medias del calor o del frío, las sequías y las tormentas, es lo que nos dice que tenemos un problema de verdad con el clima. Siempre recordaremos un verano peor -los buenos ya se escapan de la memoria-, o un record de temperatura máxima cuando no había tanta concentración de dióxido de carbono, pero son datos anecdóticos, frente a records de 45 grados de máxima y 25 de mínimas, que se baten cada vez con más frecuencia, y hay más probabilidad de que ocurran.

Las consecuencias son al menos cuatro. Una, las sequías recurrentes y los daños de tormentas son más intensos; precisamente por la sensibilidad ante estos fenómenos, y para dar liquidez a los agricultores, este año se adelanta a octubre el cobro por el impacto de la sequía de los fondos de la Política Agraria Común. Y con la sequía los incendios, que ya se extienden por todo el planeta, junto con las alertas por calor extremo, y van de Pakistán a Japón, de Grecia a Estados Unidos, de Alaska, al Círculo Polar Ártico, con 11 incendios ya este año en zonas donde en verano se lleva ropa de abrigo. La tercera consecuencia es sobre la vida humana, y como casi todo se puede relacionar con casi todo, un científico, Marshall Burbie, de Stanford, publica sus correlaciones entre la elevación de las temperaturas, el lenguaje depresivo en las redes, y la muerte por suicidio, algo que se relacionaba con el frío y el invierno. La pregunta que viene a la cabeza es cuánto tardará la gente en cambiar sus hábitos de turismo, si en algunos lugares los veranos se vuelven más templados, y en otros permanentemente insoportables.

La cuarta consecuencia es en el trabajo y en la salud, donde ya hemos visto muertes por golpes del calor, pese a las precauciones que se supone debemos tener, pues se programan muchas obras en esta época aprovechando el "buen tiempo". No cabe duda que el coste laboral también es muy elevado por la dificultad para trabajar adecuadamente, y el aire acondicionado no siempre es una solución ni quita el estrés de noches calurosas y días y días de temperaturas elevadas. Además, hay que proporcionar climatización a millones de personas visitantes, que se concentran aquí en verano. Hay cosas que se pueden hacer en construcción y preparación de viviendas, y espacios públicos, muchas más de las que se hacen, pero no las veo en propuestas políticas concretas, así que habrá que esperar a que cambie el viento a Poniente o Levante, según donde nos encontremos, aunque nunca soplará a gusto de todos.

Arde el mar es el famoso título del libro de Pere Gimferrer, quién en otoño -como este periódico ha recogido en sus páginas de Cultura- organiza en Córdoba una Cosmopoética sobre la novísima poesía en España e Italia. No tiene nada que ver con el clima, pero ojalá que los aires frescos y nuevos que hace 50 años traían estos versos, sirvan para aclararnos la cabeza y ver qué hacemos con el enorme problema que tenemos encima.

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