Análisis

Antonio Sempere

Código ICtus

En España se producen cada año 120.000 ictus. Estremece pensarlo. Unos más que otros, lo cierto es que todos tenemos un número en este sorteo macabro. Y aunque las personas deportistas o con hábitos de vida saludables se crean a salvo, también tienen una papeleta que puede llevarles a un desenlace fatídico. El tiempo transcurrido entre la detección del accidente vascular y su tratamiento es fundamental para evitar secuelas irreversibles.

Pocos programas de televisión lo han explicado tan bien como La ciencia de la salud, una serie documental de producción propia que se toma su tiempo, sesenta minutos por entrega, para abordar la patología abordada en cada capítulo. Estamos hablando de televisión del siglo XXI. Con fotografía luminosa, estética minimalista, tonos tirando a blanquecinos y una edición primorosa. Perdón por señalar, pero si comparamos La ciencia de la salud con El ojo clínico (que fue el último programa de salud que emitió TVE, también en las mañanas de los domingos) es como si hubiésemos pasado de la protohistoria televisiva hasta sus postrimerías. Y eso que a ambas producciones apenas les separan un par de años.

Algún lector se estará preguntando de qué programa hablo, sin acertar a ubicarlo en la parrilla. Es lógico. A pesar de haberse emitido una decena de entregas, La ciencia de la salud es uno de esos espacios que prácticamente pasan de tapadillo. No se comprende cómo una producción tan solvente, con el sello de Ángel Villoria y la dirección de Laura Folguera, pueda programarse con semejante desgana. Porque se trata, no lo dudemos, de televisión pública, y de la buena. Justo lo contrario que tantos programas de La 1 que lo único que provocan es estupor.

Esa televisión pública que tantos anhelan cohabita entre nosotros. Lo que ocurre es que la mayoría no se han enterado. Y que muchos más no se quieren enterar. Y eso es lo peor.

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