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Análisis

José Ignacio del Rey

David, el valiente

Se llama David, es mi hermano. No compartimos apellido, pero sí devoción. Su apellido es muy querido para mí, blasón de buenas personas y excepcionales cofrades. Ejemplo de cristianos cabales. Su apellido me rememora la fortaleza de murallas, la belleza de la piedra, sin doblez, noble y recia. Firme ante la adversidad, pero cimentada en una fe inquebrantable que, a lo largo de los años, se forjó a la sombra del Cristo de la Buena Muerte y su (nuestra) Madre de la Angustia. Desde ese ya perdido "grano de anís", privilegiada atalaya que, cada Martes Santo, intentaba endulzar los mortecinos labios del Cristo universitario, que retaba al sol vespertino que iba de retirada por la antigua calle de las armas. Gente como no hay.

Él está en una cuaresma que dura demasiado. Ayer no empezó para él, ya la lleva viviendo desde hace tiempo. Es de esos cofrades que luchan contra la enfermedad, con el estoicismo, la calma y la quietud de un nazareno de ruan, como es él, pero con la alegría en los ojos de un nazareno de los Estudiantes. Porque esa alegría es la del convencimiento en la victoria. Vencerá porque cree, porque la vida no es nuestra, sino de Aquel a quien rezamos, besamos, cuidamos y mostramos a aquellos que vienen en su busca cada martes. Vencerá, porque nuestra Madre se llama Angustia y conoce bien nuestros pesares y nunca nos deja de la mano. Somos suyos y desde niños forjamos nuestra amistad a la sombra de la Capilla Universitaria. Esa misma capilla donde se nos enseña que somos seres para la vida, siempre para la vida. Y porque David es un luchador. Sabe luchar, servir y darlo todo. Es un predilecto de nuestros titulares.

Por eso mi cuaresma este año es distinta. Mis rodillas, mis ayunos, mis oraciones, mi conversión van por mi hermano David, y por todos aquellos que están en trance similar. Porque mi cuaresma comenzó hace una semana, cuando me dijo en el hospital "Yo este año me pongo el esparto".

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