Análisis

rogelio rodríguez

Felipe VI frente al republicanismo secesionista

El movimiento por la III República se diluirá si el Rey hace lo que debe hacer

La mediación del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en aras del nebuloso proceso negociador que mantiene con la Generalitat, las reiteradas peticiones de las víctimas y la organizada concentración de españolistas en la Plaza de Barcelona hicieron que los grupos radicales se abstuvieran esta vez de boicotear, en su injuriosa expedición contra España y su Monarquía, el acto central con motivo del primer aniversario de los atentados islamistas del 17 de agosto del año pasado. La tregua concluiría poco después en distintos escenarios, donde los actuales dirigentes de una Cataluña partida y empujada hacia un futuro ciego exhibieron su tropelía ideológica. El Rey Felipe VI cumplió, una vez más, con su alta responsabilidad, y su presencia en el sobrio acto de luto también fue suscrita por representantes de la izquierda republicana nacional, todavía capaces de mantener el marco de la Constitución frente a la logística de un republicanismo despótico y secesionista.

A ningún otro modelo de Estado moderno se le exige más ejemplaridad que a la monarquía parlamentaria. Y está bien que así sea. Juan Carlos I ejerció la Corona con admirable destreza, hasta que dejó de hacerlo y tuvo que abdicar, pero, como dijo Felipe González, "a veces se pierde de vista que el Rey recibió la totalidad de los poderes, era un Rey absoluto, según las pautas del régimen anterior y, sin embargo, no ejerció como tal". Crédito al que también ayudó sobremanera la gestión de los distintos gobiernos de la democracia, de manera especial el que encabezó Leopoldo Calvo Sotelo tras la intentona del 23-F, que restituyeron la fe en la quebrantada monarquía.

Pero Felipe VI, intachable hasta ahora, afronta un reto igual o superior al que arrostró su padre a la muerte de Franco, ya que a las acciones mezquinas -o delictivas- de algunos de los miembros de la Casa Real se suma el trepidante deslustre de la clase política y el ascenso a cargos públicos de señalados enemigos del sistema y de España. Es el caso de Cataluña, donde la Generalitat lleva años divulgando clamorosas historias ficticias al servicio de los intereses independentistas. Tanto que hasta en la página del Govern figura la supuesta existencia de reyes catalanes a los que, para colmo de farsas y delirios, atribuyen la expansión de sus territorios a Valencia, Mallorca, Sicilia, Córcega, Cerdeña y Nápoles.

Es evidente que la Monarquía Constitucional está debilitada y que las voces empeñadas en identificarla con el franquismo son cada vez más sonoras, como también lo es que, con frecuencia, la Corona ha obrado en estos últimos años de espaldas a esa realidad y a otras, pero el movimiento, aún muy minoritario, hacia la III República se diluirá en la marginación si Felipe VI, con el apoyo leal de los partidos constitucionalistas, hace lo que debe hacer. Lo que hizo con motivo del golpe secesionista que encabezó Puigdemont y lo que hizo el viernes. Además de alumbrar la Zarzuela y acotar los comadreos cortesanos que alimentan los programas del hígado.

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