Análisis

Pilar Cernuda

Kitchen, la cocina maldita para el PP

La debilidad de los populares se agudiza con el espionaje a Bárcenas y la reacción inicial de Casado no fue la mejor al decir que él era entonces solo un diputado por Ávila

Pablo Casado, delante la portavoz del PP, Cuca Gamarra, en los aledaños del Congreso. Pablo Casado, delante la portavoz del PP,  Cuca Gamarra,  en los aledaños del Congreso.

Pablo Casado, delante la portavoz del PP, Cuca Gamarra, en los aledaños del Congreso. / Juan Carlos Hidalgo (EFE)

Francisco Martínez, el ex secretario de Estado de Seguridad del primer Gobierno de Rajoy, no es un “mayordomo infiel” al uso. Ni levantó la manta ni filtró mensajes comprometedores a medios de comunicación. Los wasaps publicados en esos medios no procedían de Martínez, sino de la investigación judicial en marcha sobre el caso Kitchen, en la que se intervino su teléfono y se conocieron los mensajes intercambiados con su jefe, el ministro de Interior Jorge Fernández Díaz, y con altos cargos del PP. En esos mensajes reprochaba con palabras duras el trato recibido de “miserables” como Rajoy, Cospedal y Fernández Díaz, y que su partido le hubiera dejado “tirado”.

Francisco Martínez, cuando advirtió que el PP le apartaba de las listas al Congreso, donde había sido diputado y por tanto aforado –muy importante por su delicada situación judicial–, pidió al secretario general que lo incluyera en la lista o, como alternativa, en la de la Asamblea de Madrid. La respuesta fue negativa. Fue entonces cuando se dio cuenta de que iba a ser “chivo expiatorio” de una operación en la que tuvo un papel fundamental, la Kitchen, pero que no había ordenado ni diseñado. Las órdenes, lo dijo siempre, las había recibido de quien podía dárselas: su inmediato superior, Jorge Fernández.

Se trataba de encontrar una persona que pudiera ofrecerles información sobre Luis Bárcenas, el ex tesorero y bestia negra del PP desde que denunció una supuesta financiación irregular del partido y sobresueldos a sus altos cargos. Martínez y el equipo de Villarejo que trabajaba en Interior consiguieron hacerse con la voluntad del chófer de Bárcenas,, Sergio Ríos, que a cambio de 2.000 euros mensuales de los fondos reservados les facilitó información sobre su jefe, les consiguió documentos y, lo más importante, pasó a la policía el teléfono móvil de Bárcenas, que en apenas unos minutos clonaron con importante información.

Villarejo graba todo

Durante un tiempo el ex comisario José villarejo ofreció sus servicios a personalidades de la empresa y de la política, y todos ellos han caído porque grabó todas las conversaciones cuando le encargaban “trabajos”, que en su mayoría rozaban la legalidad o eran claramente delictivas. Dijo el ex comisario en una ocasión que más valía que le trataran bien porque tenía en su mano la posibilidad de hacer caer las estructuras del Estado, las oficiales y las empresariales. No mentía: se cuentan por docenas los nombres de sus víctimas, todas ellas de la máxima importancia. La última, o la penúltima, Francisco Martínez.

Un hombre que fue gran profesional como secretario de Estado, experto en la lucha yihadista y que precisamente por sus conocimientos participó en importantes foros nacionales e internacionales. Nunca se llevó bien con su ministro, con el que mantuvo fuertes fricciones, algunas de ellas provocadas porque Fernández Díaz creía que su secretario de Estado le robaba protagonismo. Letrado en Cortes, tenía su futuro asegurado si la tensión del ministerio provocaba su cese, pero no se planteó la dimisión porque le apasionaba su trabajo.

Cometió un grave error, considerar persona fiable y competente a Villarejo, a pesar de que en más de una ocasión fue alertado por amigos sobre las andanzas del ex comisario. Hoy, esa confianza en Villarejo le ha convertido en un hombre que atraviesa difíciles momentos personales y políticos. No ayuda a la reivindicación de su figura el lenguaje utilizado en los mensajes que se han hecho públicos, aunque habría que decir a su favor que Francisco Martínez es hoy un hombre desesperado por el abandono de aquellos a los que consideraba sus compañeros de partido y por tanto que estarían con él en la prosperidad y en la adversidad.

El caso Kitchen ha afilado los dientes al Gobierno, un equipo que atraviesa el momento más grave de su todavía breve historia y que es consciente de que lo peor le queda por llegar. Con la operación policial e ilegal contra Bárcenas, Pedro Sánchez ha encontrado un nuevo motivo para arremeter contra un PP que ya estaba debilitado porque no cuenta con una dirección suficientemente experimentada para ejercer el liderazgo de la oposición.

Con el Kitchen, el PP se encuentra paralizado para denunciar los casos de corrupción que forman parte de la peor historia del PSOE. de Iglesias y que además ha dejado de manifiesto el machismo con el que el líder de Podemos trata a las mujeres de su entorno.

Comisión el Congreso

El PSOEy Podemos han propuesto la creación de una comisión parlamentaria sobre el caso Kitchen, a la que se han sumado la mayoría de los partidos que facilitaron la investidura a Pedro Sánchez y también Ciudadanos, a pesar de ser socio del PP en importantes gobiernos regionales y municipales. Hasta ese punto esa operación ha convertido al PP en un partido al que la mayoría de la clase política considera apestado. Casado no era miembro de la dirección del PP cuando se produjo el espionaje a Luis Bárcenas, como él mismo se ha ocupado de señalar, pero el PSOE y Podemos han pedido la comparecencia en esa comisión de Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal entre otros, y también de Pablo Casado. Es evidente que Sánchez ha encontrado un elemento más para debilitar a su principal adversario.

La debilidad del PP era una evidencia desde hace tiempo, y se agudiza con el caso Kitchen. La reacción inicial de Pablo Casado no fue además la más indicada, cuando declaró que cuando se produjo él era solo un diputado por Ávila. Cualquier político con un poco de experiencia, en una situación de crisis como la que está viviendo el PP habría lanzado de inmediato, tanto a militantes como a votantes, y a quienes no lo son, que el PP es un partido fuerte, sólido, unido, implacable en la lucha contra la corrupción, y que se mantendrá en su línea de apartar a quienes son condenados por los tribunales, y recordando también los muchos que han sido absueltos después de ser condenados por la opinión pública y la publicada.

Su reacción de anteponer que él era un solo un diputado de Ávila ha provocado que personas destacadas del partido, en donde hay miembros de la dirección que han sido personas de la máxima confianza de Rajoy y mantienen una sólida relación personal con el ex presidente –no solo Ana Pastor- hayan confesado su incomodidad por ese mensaje subliminal de que Casado ha promovido la renovación del partido para dar carpetazo a los casos de corrupción. En cuanto a Rajoy, calla. Ni siquiera desmiente algunas publicaciones que recogen su supuesto estado de ánimo, que también supuestamente traslada su gente más cercana.

Malos momentos por tanto para el PP, por el caso Kitchen y porque ha vuelto a salir a la superficie la escasa cohesión actual, provocada por unas primarias cuyo resultado no convenció a todo el mundo, ya que no fue Casado quien ganó en primera vuelta y necesitó el apoyo de los votantes de Cospedal para hacerse con el triunfo. Ha hecho esfuerzos de unidad, pero no suficientes. Y se nota en situaciones como las que está viviendo –sufriendo– el partido.

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