Análisis

pilar larrondo

Maldita compostura

Reconozco que siento una total y absoluta fascinación por los niños. El universo infantil y todo lo relacionado con los críos me encandila hasta límites insospechados. Cómo se comportan entre ellos, con los mayores, cómo juegan y a qué, su capacidad de asombro ante lo más simple... Me apasiona. Diré que de los niños me gusta todo, que su inocencia me resulta enternecedora, pero quizás lo más llamativo sea esa espontaneidad tan de verdad que tienen.

En ellos los convencionalismos todavía no han sido tatuados, no entienden de normas sociales porque aún no se las han enseñado. Por eso los filtros son inexistentes para ellos. Dicen lo primero que piensan sin reparar en las consecuencias, no callan ante lo que les disgusta y tienen un don para arrancarte una carcajada cuando les estás soltando la regañina. En ellos todo es verdad, nada es impostado. Si quieren jugar contigo te lo hacen saber, si les aburren tus historietas no te dejan continuar y si te quieren te dan un pegajoso abrazo. Todo de forma natural. Porque, aunque no controlen el tema de las emociones, tienen claro qué y quién les hace latir el corazoncito.

No es extraño que, de buenas a primeras, un niño se abalance sobre ti para estrujarte bien fuerte. Tampoco lo es que después de días sin ver a ese sobrinillo éste corra como un loco para engancharse a tu pierna y no soltarse. No saben de formalismos, está claro, y la cortesía de los dos besos al saludar les importa un bledo. No entienden de convencionalismos, por lo que respetar el espacio vital del otro no les supone una barrera a la hora de demostrar sus sentimientos. Te quieren, sí, y así te lo hacen saber cuando menos te lo esperas, cuando menos corresponde. Porque nadie les ha enseñado a reprimirse o que cada cosa a su tiempo y eso es maravilloso. Luego crecerán y estrecharán manos en lugar de pechos, besarán cuando corresponda y, a ser posible, en la intimidad, le pondrán nombre a todas las emociones pero se olvidarán de vivirlas. La espontaneidad se irá y llegará la compostura. Hasta que un día se les acerque un crío, les eche los bracitos al cuello y recuerden lo bonito que es expresar amor porque sí y cuando te da la gana. Quizás nosotros tengamos la misma suerte y dejemos de retrasar esos abrazos que nos morimos de ganas de dar. Todavía estamos a tiempo de desterrar la manida compostura y rescatar la mágica espontaneidad.

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