Análisis

francisco andrés gallardo

Marta

Poquito antes de que se instalara el bipartidismo un visionario profeta como Torrebruno nos daba a elegir entre Tigres o Leones, como había que decidirse entre el Cola Cao y el Nesquik, entre Cropan o Bimbo o entre ser de los clicks o de los airgamboys. Una de las dos Españas nos tenía que helar el corazón o como poco glasearnos el hígado. Entre aquellos canturreos del recortado italiano, inmigrante baladista que había seducido a las suecas, o él sabría, en el Moulin Rouge parisino, un día de 1981 presentó como invitada en Sabadabadá a una chiquilla redicha, morena y tímida, que abrazaba a su guitarra. Tal vez imitando a Serrat o al entonces cantautor de moda, Hilario Camacho (sí, lectores millennials, estamos hablando de rapsodas del Medievo, por lo menos), Marta Sánchez fue invitada a la fiesta de Mayra de los sábados por la mañana para que nos sacudiera su melodía cándida con estrofas meditabundas.

"Voy buscando por los caminos, voy buscandooo... mi esperanza" entonaba la hija de un potente barítono cómo Antonio Campó. Marta, que tenía de competencia a Parchís o a Botones, pasó de largo y la tuvimos en el olvido durante unos cuatro años. Fue por entonces cuando se anunció el cambio de vocalista de Olé Olé y el tórax de Marta, ya crecidita, dejó anonadados a los adolescentes y a sus padres. Un flechazo que convirtió a la fugaz cantautora en una fantasía de almohadas durante lustros.

Icono gay, diva a la que se le nota que el éxito le llegó cuando no había terminado de formarse, ha tenido un repunte de osadía sentimental. Le ha puesto voz (más que letra) a esa marcha con la que los granaderos españoles iban directos a la batalla sin arrugarse ni romper filas ante los enemigos. Una melodía nacional, trasegada por los siglos y a la que le ha desempolvado de complejos la niña intensa de Sabadabadá. Su elevada interpretación evidencia que con unas estrofas adecuadas y unos arreglos de ritmo nos sale un himno a prueba de abucheos y culpas.

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