Análisis

José Ignacio Rufino

Morir de éxito turístico

España es un destino sin igual, pero los ayuntamientos deben cuidar a la gallina de los huevos de oroLa entropía del turismo: "Qué triste está Venecia si me faltas tú… Venecia"

El pasado junio, en la Facultad de Turismo, el presidente de la comisión evaluadora de un trabajo de fin de grado corrigió al graduando cuando éste afirmó que "el turismo es el principal sector económico de España". "No es así", precisó con datos sobre porcentaje del PIB el profesor. Aunque los ingresos atribuibles al turismo son más difíciles de evaluar que los de la industria, la construcción, la salud o la agricultura, por ser el turismo una industria polimórfica y con intersecciones con otros sectores y por la dificultad de computar cifras sobre transporte, hostelería o alojamiento a turistas o viajeros por trabajo, su importancia es crucial para la actividad económica y los ingresos públicos de España. Incluso ha supuesto un ancla y hasta una tabla de salvación para este país cuando la realidad hizo explotar la mentira de la burbuja inmobiliaria, constructora e hipotecaria. Este es un país turístico de primer orden, entre los tres principales destinos mundiales. Algo haremos sumamente bien en este asunto porque millones de extranjeros nos visitan cada año, y muchos de ellos reinciden. El grial de la calidad/precio, la seguridad, las infraestructuras, el clima, el acrisolado saber hacer empresarial, la apabullante riqueza cultural o la gastronomía hacen de España un país líder en turismo. A nadie, y a pesar de nuestra impronta cainita y destructiva -hablo de Cataluña, destino turístico de primer orden-, debe extrañarle: España es difícilmente superable como lugar para hacer turismo… para quienes gusten de ser turistas, que son muchos millones de personas en el mundo.

Bendito sea, pues, el turismo que nos viene. Pero todo activo tiene sus pasivos. Uno de ellos lo simbolizaremos con otro ejemplo. Esta semana, este periódico daba cuenta de un hecho preocupante: el edificio central de la Universidad de Sevilla comenzaba a plantearse la necesidad de controlar que los turistas invadieran este espacio de enseñanza, apetecible para ser visitado por su rotunda belleza y céntrica ubicación. Grupos ataviados en modo turista no sólo pululaban a su antojo por sus dependencias, sino que hacían uso de los urinarios y llegaban a entrar en las aulas interrumpiendo las clases: el síndrome del parque temático que nada respeta si se trata de hacer la enésima foto y atestiguar el narcisista "yo estuve allí". Resulta ya casi tópico recordar que el maná turístico lleva una bomba de relojería antropológica en la mochila: gentrificación, apartamentos para visitantes sin control en barrios y casas de vecinos, despersonalización de los espacios vitales de los 'indígenas', etcétera. Que una clase con su profesor y sus alumnos se vea interrumpida por un grupo de turistas es un síntoma, como decimos, sumamente simbólico: no se respeta . Morir de éxito es el gran riesgo y el reto actual de los destinos turísticos con éxito. Con permiso del recién finado Charles Aznavour, "qué triste está Venecia si me faltas tú…, Venecia".

El incentivo que crea una demanda creciente suele desincentivar otras actividades que, como suele afirmarse, aportan mayor valor añadido, mayor innovación, mejor empleo. Bien está si bien contribuye a la causa de la economía común en un territorio. Pero las autoridades públicas y sus convidados asociativos patronales deberían comenzar a poner pie en pared. La propia Universidad de Sevilla se echa las manos a la cabeza de pronto por convertirse en objeto de turismo patrimonial o industrial, sin retorno económico alguno para la institución de enseñanza e investigación. Las autoridades deben ser responsables y decididas a la hora de mandar a parar para poder seguir en movimiento y no morir de éxito. Y es ésta una exigencia que deben asumir sobre todo los ayuntamientos.

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