Cómo me acordé de mis colegas de oficio viendo Got Talent. Cómo vinieron a mi mente cuando aparecieron sobre el escenario algunos números como la de esa mujer entrada en carnes, Wendy Superstar se hizo llamar, cuya habilidad consistía en mover sus pechos al compás de una canción de Raffaella Carrá. Imaginé la cara de los pertenecientes al gremio de la crítica televisiva ante el espectáculo. Y las reacciones inevitables. ¿No queríamos carnaza? Pues ahí la tenemos a espuertas.

Y es que el espectáculo televisivo ha llegado a unos límites en los que sobran las palabras, huelgan comentarios, porque todo lo que se diga es una minucia en comparación con la magnitud de aquella que se comenta. He dicho 'magnitud' y ya me estoy arrepintiendo. En casos como el de las pezoneras de Wendy Superstar en particular y del Got Talent en general no queda otra que establecer una mirada cómplice. Y disfrutar de esa complicidad como se goza de un placer culpable.

No cabe la seriedad cuando las reglas del juego son tan poco serias. Cuando Risto Mejide, miembro del jurado, se echó la manos a la cabeza viendo la demostración rítmica, y asombrándose de que en un concurso que valora el talento en singular y los talentos en plural se permitiera un espectáculo de tal bajeza, entraba en esa estudiada contradicción de la que parte el concepto de espectáculo al que él mismo contribuye, con su presencia en varios programas, dentro del grupo de televisión que le contrató. Con menos remilgos su compañera Edurne, sabedora de su papel en esa mesa de jueces, dictaminó con una sonrisa de oreja a oreja que a ella le gustaba el mundo 'pechotes' y que votaba afirmativamente. Yo también le dí mi sí imaginario, esbozando una sonrisa al advertir que lo que acababa de ver sería argumento de ese tipo de columnas que tanto me gusta leer.

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