Lo esencial es invisible a los ojos", nos decía Saint-Exupéry. Necesitamos signos. Signos a veces inesperados que iluminen estos días. Como los cultos en el interior de los templos. Abiertas las puertas y vislumbrado el bosque de cera. Como una de estas tardes en San Marcos. La plaza abierta -a pesar de todo y contra todo- a la vida. Niños jugando. Familias detenidas a media distancia en la contemplación de ese monte de consuelo que formaba la Piedad Servita. O el quinario de mi Señor sentenciado. Las sillas dispuestas en el atrio. Las puertas del templo abiertas de las cuales manaba -como en la lectura de Ezequiel- agua de misericordia. Intuíamos desde la cierta distancia, el ascua encendida del Señor y la Virgen de la Esperanza. Sólo dejándonos llevar un poco podríamos imaginar los pasos encendidos en el interior, arriados, esperando el encuentro con su pueblo.

Signos de la cuaresma interior que nos habita. La Hermandad de la Hiniesta nos ha devuelto uno de los más hermosos. Que vincula la memoria con aquello que quisiéramos legar -en la estampa más rotundamente de verdad- al río de fe de los jóvenes. La Virgen, dispuesta de hebrea como en la estampa de Juan Manuel con la cual tantas veces la hemos pensado y soñado. Es verla así, en los callejones de la memoria, y pensamos que toda la luz de la Puerta de Córdoba o de Relator o de Feria en la tarde más hermosa vuelve a nosotros. Como cuando nos apresuramos a llegar a tiempo al palio y el atisbo de los ciriales nos dan esperanza de alcanzarlo y se nos va…como algo soñado. Es verla así, tan joven, y apretamos en nosotros al niño que a la salida del colegio se apresuraba a San Julián para verla en su palio. O volvemos a apretar en nosotros, los de mi generación, la postal Escudo de Oro con la cual aprendimos su perfil. Te prometemos ahí donde te aguardamos siempre, azul y plata de nuestra espera.

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