Según tengo entendido, esta expresión, "Amor de Jueves", responde a una iniciativa para organizar, entre personas solteras, que pueden sentirse solas, unas citas a ciegas en las que encontrar el amor mientras se comparte una cena. La he leído en internet, tejida en un suéter de corte británico, y, sin poder evitarlo, siempre me ha remitido al Jueves Santo. Yo crecí teniendo claro que el Jueves del Amor se repetía dos veces en el año, y en ambas dos, escrito con mayúsculas, era Cristo quien, convidándonos a una mesa, nos quitaba la ceguera con la que vemos el mundo partiendo y compartiendo pan y vino.

Esta secularización galopante se apropia de todos los mensajes, de todos lo que antes fuera propio de un mundo con los ojos vueltos a Dios. "Hay tres Jueves en el año que relucen más que el sol". Este Jueves, en medio de la pandemia mundial, parece lucir menos. En Santa Catalina, la Virgen de las Lágrimas asiste a la Exaltación en primera fila. Por la calle Feria, la Oración en el Huerto es más que nunca Rosario. Porque este sí que es el Jueves del Amor. Amor en la cruz de la Quinta Angustia, y volandero Cupido asaeteado ese Dios con mayúsculas que puso capa morada a sus devotos burgueses de levita y canesú.

No hay otro Jueves de Amor lejos de ti, Señor que hoy partes el pan y conviertes el vino en tu sangre preciosa. Hay una Coronación de Espinas que te atraviesa la sien y jalona de heridas el lugar donde posara el armiño su bícroma piel extinta. No hay otro Jueves para enamorarse mejor que éste. No nos hemos dado cuenta: la cita a ciegas la hemos tenido todos los años: Cristo en el monumento, escondido, esperando; nosotros, al otro lado, sin saber realmente a nosotros a quien aguardaba. Quítanos, Señor, la venda de la ingratitud.

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